Chapter 150
—No sé cuántos días, ni sé si esto es una idea o una forma pero siento que algo dentro de mí se estira cuando respiro. Mis costillas crujen como ramas verdes. Ya no duermo porque no hay noche, ya no sangro porque no hay carne.
—»Él está en mí y yo estoy en él, y aún así estoy solo.
Hay una mujer que me llama desde los sueños, dice mi nombre con una voz que se parece demasiado a la mía, pero no lo es .
El ojo dentro del pecho parpadea sin descanso y a veces me muestra cosas, cosas que aún no han ocurrido, tanto del antes como del después, un hombre de largo abrigo marrón, una casa donde el tiempo está roto, una pregunta que se repite: ¿dónde está mi familia?
No soy yo el que lo ve, es esa cosa, que recuerda a través de mis huesos.
—»Quiero parar.
—»Quiero parar.
—»Quiero parar.
—»Pero la piel no obedece.
—»El alma ya no está.
—»La sombra se alarga como líquido negro.
—»Y tiene hambre."
Gemma dejó la hoja sobre la mesa con más lentitud de la necesaria.
Parecía aturdida. Yo, en cambio, no podía apartar la mirada del papel.
Extendí la mano y rozé los bordes con los dedos, apenas tocándolo.
“¿Dónde está mi familia?” había leído. Aquellas palabras no pertenecían al soldado. Me pertenecían a mí.
—No puede ser —murmuré.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
No respondí. Recordé las veces que había pronunciado esa misma pregunta en el hospital, años atrás. ¿Era yo el que investigaba a Guerau? ¿O era Guerau quien me investigaba a mí?
Gemma se llevó las manos al rostro, visiblemente afectada.
—Necesito tumbarme un rato —dijo en voz baja, como si el cansancio se le hubiera echado encima de pronto.
—Claro —asentí, señalando hacia la trastienda.
Se levantó despacio y se dirigió hacia la cama. La vi desaparecer entre las sombras de la trastienda antes de oír cómo se tumbaba.
—Buenas noches, Andrés… —y tras una pausa, añadió— Guerau.
—¿Qué has dicho?—pregunté.
—Nada. Buenas noches.
Me quedé allí un rato, asimilando aquellos textos que me ponían los pelos de punta. Al cabo de una hora, me acosté a su lado y apagué la luz, con la mente aún recorriendo cada palabra, cada sombra, cada pregunta sin respuesta.
Me levanté a la mañana siguiente con la sensación de haber dormido durante un siglo, tosiendo violentamente y con un dolor de cabeza que parecía martillarme la sien.
Con sorpresa y un dejo de desolación, descubrí que Gemma había abandonado el despacho sin avisar y sin dejar una nota.
Desconcertado y sin saber muy bien cómo debía proceder, me limité a disfrutar de mi primer café de la mañana, acompañado de un cigarro.
En medio de aquel ritual mundano di una fuerte calada y observé el cigarrillo;