Lucidez Chapter 148
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Chapter 148

Desperté a altas horas de la noche y, medio dormido, extendí la mano en busca de su cuerpo.

El hueco a mi lado estaba frío y vacío. Me incorporé con desgana, me puse el pantalón y salí de la trastienda, arrastrando los pies sobre el suelo.

La encontré sentada en la butaca de mi despacho, envuelta en una de mis camisas.

Al verme, levantó la mirada y me dedicó una sonrisa serena, cálida, que parecía iluminar la penumbra de la habitación.

Tenía entre las manos una carpeta y hojeaba unos papeles con gesto concentrado, ajena al resto del mundo.

Me acerqué en silencio y me incliné sobre el escritorio.

—¿No puedes dormir? —pregunté, todavía con la voz rasgada por el sueño.

—Tengo el sueño ligero —repuso, esbozando una sonrisa. Me dirigí hacia la silla de enfrente y la arrastré hasta su lado.

—¿Qué lees?

—Parecen unas viejas historietas sobre un marine francés del siglo pasado —dijo, mostrando la carpeta que encontré en el piso de Vilardell.

—Vaya... —murmuré—. ¿Sabes francés?

—Fui estudiante de intercambio. Viví cuatro años en Toulouse, así que... algo sé.

Acaricié el papel con las yemas, rugoso tras tantos años y seguí con la mirada la letra, perfectamente escrita a mano.

—¿Te importaría leerme lo que pone?

—Claro.

Gemma sostuvo la primer hoja entre las manos, dibujó una sonrisa breve y empezó a leer:

"Jerusalén, 11 de marzo de 1809 — Frente de operaciones del ejército napoleónico

—Hemos sido destinados, de forma algo irregular, a una operación de reconocimiento en las afueras orientales de Jerusalén. No consta en los registros oficiales como una misión estratégica, y sin embargo, hemos recibido órdenes directas del general Dupuy.

—»Los locales se han mostrado reacios a colaborar. Hablan de “el lugar sin nombre”, una colina olvidada cerca de las antiguas cisternas, custodiada por el silencio de los siglos. Algunos se santiguan al oírla mencionada. Otros simplemente escupen al suelo.

—»A nuestra llegada, nos encontramos con un terreno parcialmente derrumbado por las lluvias.

Bajo los escombros se adivinaban las ruinas de una estructura antigua, probablemente pre-salomónica.

Las inscripciones eran extrañas: una mezcla de arameo tardío, símbolos cuneiformes y algo más…

algo que ningún erudito de los que nos acompañaban pudo identificar.

—»Uno de ellos, un joven lingüista suizo, de nombre Adler, dijo algo interesante: “Esto no está escrito para ser leído. Está escrito para ser encontrado.” Murió dos días después de una fiebre repentina y con delirios.

No dijo palabra en su lecho de muerte, pero no dejó de mirar el techo, con los ojos bien abiertos, hasta el final.

—»Se han producido tres deserciones. El resto del pelotón permanece en silencio. La moral es baja. Pero algo me impulsa a seguir. Cada noche sueño con un susurro. No lo entiendo del todo. No es un idioma. Es una presencia.