Chapter 147
—Te consumirás —afirmó ella—. El tratamiento es muy agresivo; pospondrá tu vida un tiempo, pero te sentirás débil, enfermo, se te caerá el pelo y tendrás náuseas constantes. Debes valorar los pros y los contras y decidir. Prefiero ser honesta antes que darte falsas ilusiones.
—Agradezco tu sinceridad —repuse con una sonrisa amarga—. ¿Tú qué harías?
—No lo sé. Supongo que nadie puede responderte sin haber estado ahí.
Chasqué la lengua y seguí fumando, apenas consciente de la música y el bullicio, que llegaban como un rumor lejano. Miré fijamente mi copa, mientras una gota se deslizaba lentamente por el cristal y atrapaba la luz tenue del bar.
—¿Pero acaso no merece la pena intentar vivir cada momento como si fuera el último? —preguntó ella, sosteniéndome la cara entre las manos y fijando su mirada en la mía.
—¿Y si no me queda tiempo? —susurré, bajando la mirada.
—Entonces —dijo ella—, tendremos que aprovecharlo mientras podamos.
Sus manos buscaron las mías, entrelazándose, y nuestros ojos se encontraron en un silencio que lo decía todo.
—Gemma… —mi voz se quebró.
—Shh —susurró ella, acercando su frente a la mía—. No hay tiempo para palabras.
Y entonces sus labios rozaron los míos, primero con cautela, después con una necesidad que parecía contener años de miedo y despedidas. Cada segundo duraba una eternidad, como si el mundo se hubiera detenido solo para nosotros.
No me preguntéis cómo fue que llegamos hasta mi despacho, porque apenas lo recuerdo. No sabría decir si fue por los efectos del alcohol o porque estaba profundamente afectado por la noticia, pero la cuestión es que terminamos en la trastienda, bebiendo un vino añejo, el uno en los brazos del otro.
—¿Sueles acostarse con los pacientes a los que les has anunciado que van a morir?
—pregunté mientras la desvestía con un impulso de lujuria.
—¿Y tú sueles aprovecharte de la pena para acercarte a las mujeres? —preguntó ella sentándose encima mío.
Lo admito: hacía mucho tiempo que no veía a una mujer desnuda y, con el alcohol haciendo de las suyas, no pude evitar que el impulso más primitivo se apoderara de mí.
Intenté quitarle el pantalón a Gemma, tirando por la parte posterior, y me costó más de un intento.
Al final, ambos estallamos en carcajadas por lo torpe que había sido.
Luego procedí a besarla por todas partes; en sus labios, por su cuello, por los pechos e incluso por su sexo.
Desatado, me puse sobre ella y empecé a embestirla desbocadamente sintiendo una mezcla de sentimientos controvertidos que luchaban entre sí; rabia, añoranza, amor y miedo.
Gemma emitió un gran gemido y se llevó mis manos a sus pechos, con la boca entreabierta y a continuación vi cómo temblaba de placer.
Sin poder contenerme por más tiempo, me desbordé en su interior, liberando la tensión y la rabia acumulada.
Me dejé caer sobre el colchón a su lado y me acurruqué entre sus brazos en uno de los momentos más vulnerables de toda mi vida.
Gemma me sostuvo con suavidad, y por primera vez en horas pude permitirme cerrar los ojos, dejando de sentirme desnudo ante el mundo; allí, entre su calor, todo parecía un poco más soportable.