Lucidez Chapter 146
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Chapter 146

—No lo sé... Tal vez unos meses, o puede que un año. Las células cancerosas son pequeñas y tienden a replicarse con rapidez. Nadie puede determinar un tiempo aproximado; depende de la enfermedad.

Asentí, sin mostrar ninguna emoción, mientras la realidad me caía encima con todo su peso: mi vida, después de todo, terminaría a manos de una enfermedad causada por el tabaco, un enemigo que yo mismo había alimentado.

De pronto, sentí unas ganas terribles de salir corriendo de allí y perderme en cualquier lugar donde nadie pudiera encontrarme.

Volví la vista hacia Gemma, que me observaba con un gesto ensombrecido, y le ofrecí una sonrisa débil pero sincera.

—Voy a necesitar una copa que me ayude a pasar este mal trago —dije, tratando de aligerar la tensión—. ¿Quisieras acompañarme esta noche?

Cerca de la medianoche, nos encontrábamos sentados en un reservado del bar Tahití, en la calle Irineu que hacía esquina con la Rambla Egara, tomando unas copas mientras de fondo sonaba la canción « Llamando a la tierra » de M-Clan.

Gemma y yo nos encontrábamos degustando un par de cócteles sugeridos por la camarera, y a pesar de los últimos acontecimientos, me sentía extrañamente tranquilo, dispuesto a disfrutar de la noche sin pensar en nada más.

Cabe señalar que ya llevábamos un par de copas de más, por lo que el alcohol había cumplido su propósito: ayudarme a evadirme de la terrible realidad que me acechaba.

En aquel momento, Gemma se encontraba narrando una de sus historias sobre sus pacientes, tratando de animarme, mientras yo luchaba por mantener la atención, atrapado en mis propios pensamientos.

Se detuvo al notar mi distracción, extendió el brazo y me acarició la mejilla con un gesto suave y reconfortante, sacándome de mi ensimismamiento.

—¿Estás bien? —preguntó.

—La verdad es que no —repliqué—. Mira, Gemma, siempre he sido un tipo descuidado, con tendencias autodestructivas, pero esta enfermedad ha llegado en el peor momento.

—¿Lo dices por tu hija?

—Sí. No me parece justo. Después de todo lo que ha pasado, ahora va a perder a su padre, por segunda vez.

Por fin empezaba a ver el futuro de otra manera.

Acabo de recuperarla y no quiero irme tan pronto.

Siento que los dos nos merecemos esta segunda oportunidad y, sin embargo, por causas que se escapan a mi control, voy a tener que dejarla sola otra vez.

Con un ademán torpe, fruto de la ebriedad, encendí un cigarro. Gemma me miró con compasión, sin dejar de acariciarme el costado de la cara. Di una profunda calada y expulsé el humo, sintiendo cómo la rabia se acumulaba en cada bocanada.

—¿No vas a regañarme por esto? —pregunté señalando el pitillo.

—No creo que dejarlo ahora vaya a suponer ninguna diferencia. —Gemma hizo una mueca, bebió un sorbo de su copa y añadió—. ¿Vas a tratarte la enfermedad? Eso podría darte más tiempo.

—Dime la verdad. Si decido seguir el tratamiento, ¿esos meses se traducirán en tiempo de calidad o mi hija tendrá que ver cómo su padre se consume lentamente?