Chapter 145
—Mmm. —Gemma guardó silencio, como si meditara la respuesta—. La verdad, no lo sé. Nunca se llega a conocer del todo a una persona. En mi juventud me lo pareció, pero ahora pienso que fue un egoísta.
La máquina se detuvo y, un par de segundos después, Gemma traspasó la puerta y se dirigió hacia mí. Me incorporé con su ayuda y quedé sentado sobre la máquina, con los pies colgando y las manos descansando sobre los muslos.
—Ambos queríamos tener hijos —se arrancó a hablar, con un hilo de voz cargado de nostalgia—, pero después de intentarlo un tiempo vimos que no me quedaba embarazada. Fuimos al ginecólogo y descubrimos que tengo endometriosis.
—¿Endometrosis?
—Sí. Es una enfermedad en la que el tejido del útero crece donde no debe, en los ovarios por ejemplo.
—¿Eso significa que no puedes tener hijos.
—Así es. —Gemma hizo una breve pausa antes de añadir—. Poco después me pidió el divorcio.
—Menudo hijo de puta —murmuré, dejando escapar mi indignación.
—No importa. Me hizo un favor después de todo. —Gemma posó una mano cálida sobre mi hombro, como si quisiera tranquilizarme—. Acompáñame y veamos qué tienes.
La luz del fluorescente titiló un par de veces antes de estabilizarse, iluminando un espacio reducido con armarios verdes repletos de utensilios médicos.
Gemma me indicó un taburete junto a la pared y desplegó las radiografías en el panel luminoso.
Mientras esperaba, la observé revisar cada placa con atención, deteniéndose en los detalles como si comparara silenciosamente unas con otras.
Sentía un pinchazo constante en el pecho y, al respirar, me pareció escuchar un pequeño zumbido, como si mis vías respiratorias lucharan para dejar pasar el aire.
Gemma me había hecho tragar unos analgésicos que lograron aliviar parte del dolor, pero aún persistía esa molestia que se negaba a desaparecer.
Permanecí en silencio, observando cada gesto de la doctora mientras trabajaba, y solo cuando finalmente se dio la vuelta y me miró con gravedad, supe que algo estaba terriblemente mal.
Gemma tomó asiento justo en frente y posó una mano sobre mi rodilla, transmitiendo con el contacto un apoyo silencioso.
—¿Tan malo es? —pregunté.
—Andrés, tienes un cáncer de pulmón con metástasis ósea en estado avanzado. Lo siento.
Me quedé en shock, incapaz de reaccionar, y la miré a los ojos durante un buen rato, buscando una señal de esperanza que no llegaba. Gemma comenzó a acariciarme el hombro, con el rostro completamente entristecido y los ojos vidriosos.
—Hay varios tratamientos —empezó a decir con un hilo de voz— que pueden ayudarte a aliviar los síntomas. Durante los próximos meses deberías asistir a sesiones de quimioterapia y tomar algunos fármacos para prevenir…
—¿Cuanto tiempo? —pregunté.
Gemma movió la cabeza de arriba a abajo, intentando sonreír, pero sin conseguirlo.