Lucidez Chapter 144
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Chapter 144

Gemma me indicó con voz suave que me tumbara sobre la camilla, mientras apoyaba una mano cálida en mi hombro, transmitiendo una calma en contraste con mi inquietud.

A continuación, me sonrió con una expresión tranquila y colocó un brazo articulado que sostenía un panel justo a la altura de mi pecho, ajustándolo con precisión.

Tendido sobre la tabla blanca y con una almohada que amortiguaba la nuca, sentí la superficie fría bajo las palmas de las manos y un leve escalofrío recorriéndome los brazos.

Iba ataviado con una simple bata, que se agitó ligeramente al paso de Gemma cuando se dirigió hacia la habitación contigua, dejando tras de sí un tenue rastro de perfume.

Al poco, escuché la estática proveniente de un altavoz y la voz de Gemma, clara y firme:

—Necesito que permanezcas completamente quieto y tranquilo.

Asentí e intenté relajarme, pero con aquel dolor punzante en el pecho resultaba casi imposible.

Por momentos sentía un burbujeo en el pecho, una sensación inquietante que amenazaba con provocarme tos.

Respiré lentamente, llenando los pulmones con cuidado, mientras escuchaba cómo la máquina comenzaba a ponerse en marcha, con su zumbido mecánico que resonaba en la sala silenciosa.

—¿Estás bien? —preguntó Gemma.

—Sí —respondí, mirando al techo, tratando de ignorar la incomodidad—. Me pica el cuello.

—Solo nos llevará un momento. —El altavoz emitió un chasquido metálico—.

¿Cuánto hace que te duele el pecho?

—No estoy seguro. Diría que unos meses.

—¿Y que esputas sangre?

—También.

—¿Fumas mucho?

—Demasiado.

Siempre me había gustado fumar, pero en las últimas semanas mi consumo se había disparó y en esos momentos me encontraba consumiendo más de dos cajetillas al día. El tabaco se convirtió en mi único desahogo, una forma de adormecer la ansiedad que no dejaba de sacudirme.

—Deberías dejarlo —dijo ella.

—No eres la primera persona que me lo sugiere. —La máquina se desplazó unos centímetros hacia arriba y se detuvo a la altura de la cabeza, su presencia metálica intimidante y fría—. Dime una cosa, Gemma. ¿Has estado casada?

—Sí —respondió ella con un suspiro leve—. Lo estuve, hace mucho tiempo.

—¿Qué pasó?

—Las cosas no salieron como ambos queríamos. La vida a veces nos arrastra por caminos difíciles de entender, aunque deseemos lo contrario.

—Comprendo —dije. El escáner de rayos X se deslizó hasta la altura del abdomen, soltando una ráfaga de aire que me erizó la piel—. ¿Crees que es un buen tipo?

—¿Quién?

—Tu exmarido.