Lucidez Chapter 143
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Chapter 143

me sentí agotado, abatido, con cada músculo tenso y pesado. Cerré los ojos por un instante, tratando de relajarme mientras el sonido rítmico del intermitente me martillaba suavemente en la cabeza, recordándome que la normalidad todavía tardaría en volver.

En cuanto abrí la puerta del despacho, supe que algo andaba mal.

Llevaba rato sintiendo una presión incómoda en el pecho, y el ascenso por la escalera solo la había acentuado.

Dirigí mis pies cansados hacia la butaca y me dejé caer, intentando recobrar el aliento.

El reloj sobre la mesa marcaba la una y veinte de la mañana.

Abrí la mochila y deposité sobre el escritorio la carpeta con los documentos escritos a mano que había encontrado en aquel piso maldito.

Tras echarles un rápido vistazo, maldije en silencio al descubrir que estaban redactados en francés.

Cerré los ojos y respiré profundamente; entonces sentí algo húmedo que carraspeaba por mi tráquea.

Repentinamente, un ataque de tos incontrolado me sacudió con violencia.

Me incliné sobre el escritorio al sentir un dolor intenso en el pecho y me llevé una mano al cuello, intentando controlar la arcada.

Las fuerzas me fallaron y no pude sostenerme: caí de la butaca y golpeé el suelo con un impacto seco.

De rodillas, empecé a sentir ganas de vomitar mientras algo insistía en alojarse en la boca del cuello.

El ataque de tos se intensificó con convulsiones, y empecé a escupir gargajos sanguinolentos.

Frente a mí se formó un charco grotesco, mezcla de babas, sangre y bilis.

La presión en el pecho y la cabeza se volvió insoportable, y la visión se me ennegreció; perdí el sentido del equilibrio por completo.

Sin fuerzas, me abandoné a la inconsciencia y quedé tendido sobre el frío suelo, con un reguero carmesí surgiendo de la comisura de los labios.

Desperté a la mañana siguiente con el cuello inflamado y un sabor repugnante en la boca.

Apenas recobré la consciencia, me atravesó un dolor punzante en el pecho que me hizo creer que no podría respirar.

Me incorporé con esfuerzo y observé un enorme charco sobre el suelo, que reflejaba la luz de la bombilla.

Me dolía todo el cuerpo, especialmente la espalda, a la altura de los omóplatos.

Sentí una sensación desagradable de humedad en mis partes íntimas y caí en la cuenta de que mis esfínteres se habían aflojado durante el tiempo que permanecí inconsciente.

Dicho de otro modo, me había cagado y meado encima.

Asqueado, me levanté y me dispuse a darme una ducha para recuperar algo de dignidad.

Una vez aseado y vestido con ropa limpia, me dirigí al despacho, extraje mi libreta de apuntes y consulté una de las páginas. Tras encontrar lo que buscaba, descolgué el teléfono y marqué el número. Esperé pacientemente, y al quinto tono, la persona al otro lado de la línea respondió:

—Buenos días Gemma, soy Andrés.

—Hola Andrés —saludó ella con un tono divertido—. Ya pensaba que te habías olvidado de mí.

—Quisiera disculparme Gemma. Estos días he tenido mucho trabajo y no he podido contactar contigo.

—No te preocupes. ¿Como va ese corte en la frente?

—Bien gracias a Dios. —Guardé silencio durante un par de segundos—. Escucha Gemma, va a sonar osado, pero tengo que pedirte un favor muy grande.

—Tú dirás.