Lucidez Chapter 142
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Chapter 142

y entré en el aseo. La luz del techo emitía un zumbido sordo y revelaba la inmundicia esparcida por doquier. Nada había cambiado, salvo que ahora la habitación estaba iluminada.

Miré el cristal roto, con los restos de excrementos estampados por encima, y vi mi propia imagen fragmentada en el espejo.

Me quedé unos segundos observando mi rostro distorsionado, que parecía mirar desde otro tiempo y otro lugar.

Al principio no percibí nada fuera de lo común, pero pronto mi reflejo se movió con independencia: los ojos que me devolvían la mirada no eran míos del todo, cargados de odio y extrañeza, como si alguien más habitara allí dentro.

La luz se apagó repentinamente y lo que antes había sido mi reflejo se convirtió en una sombra indescriptible, flotando en la oscuridad.

Tal vez fuera sugestión, o quizá algo más; en cualquier caso, solo quería salir de allí cuanto antes.

Retrocedí, intentando abandonar la vivienda, cuando al fondo del pasillo vi una silueta procedente del dormitorio principal.

Trastabillando por el miedo, avancé hacia la puerta de salida, pero estaba cerrada.

Por más que girase el pomo, este no cedía.

Comencé a golpear la puerta con el puño con la esperanza de que Jorge me escuchara.

La silueta avanzó hacia mí con los brazos extendidos, y arremetí contra la puerta con el hombro con todas mis fuerzas.

De pronto, la puerta cedió y salí al rellano del bloque, cayendo contra el suelo.

Al levantar la mirada, vi a Jorge, que aún sostenía el pomo entre sus manos, con el gesto perplejo.

—¿Pero qué ha pasado? —preguntó, con evidente confusión.

Sin responder, volví la mirada hacia el interior de la vivienda, pero solo distinguí un pasillo sumido en la penumbra, donde la luz de la linterna parecía ser absorbida por la oscuridad. Con la adrenalina aún disparada y el corazón desbocado, me incorporé con dificultad y dije:

—Larguémonos de aquí, joder.

Conduje de vuelta al centro de la ciudad, dirigiéndome hacia donde vivía Jorge, con los pensamientos en bucle y la sensación de que me estaba volviendo completamente loco.

No podía dejar de darle vueltas a todo lo que estaba ocurriendo, y me encontraba en un punto en el que ya no sabía discernir lo que era real de lo que no.

Durante el trayecto reinó un silencio denso; mi ayudante se limitó a mirarme de reojo, gesto que agradecí enormemente, pues era un recordatorio de que no estaba del todo solo.

Una vez en Cal Massacs, estacioné el Kadett cerca de su vivienda y detuve el motor.

—Voy a necesitar que hagas algo por mí —dije, extrayendo la cámara de fotos de la mochila—. Mañana a primera hora necesito que vayas a revelar las fotos del carrete.

—Sin problemas —repuso él, tomando la máquina entre sus manos.

—Escucha, Jorge. No le digas a nadie dónde hemos estado y no le enseñes las fotografías a nadie. En cuanto las tengas, tráelas al despacho.

—Claro —respondió. Mi ayudante se dispuso a marcharse, abrió la puerta y puso un pie sobre la acera; entonces se giró para dedicarme un último vistazo—. No sé qué está pasando, Andrés, pero quiero que sepas que puedes contar conmigo.

Asentí mientras esbozaba una sonrisa de agradecimiento. Jorge me palmeó un par de veces el hombro y desapareció, engullido por la noche. Antes de arrancar, me encendí un pitillo e inhalé profundamente. Después del subidón de adrenalina, llegaba el bajón: