Lucidez Chapter 141
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Chapter 141

—Mira por donde —dije, arrancando una.

Incliné la linterna frontal sobre ella y la observé con atención.

La fotografía, en blanco y negro, parecía tomada a principios del siglo pasado y mostraba a un hombre de edad indeterminada que sonreía, ataviado con un uniforme militar de la época, mientras sostenía una suerte de fusil de cerrojo primigenio, posando junto a lo que parecía una excavación.

Al fondo, podía apreciarse un tumulto de obreros afanados en el trabajo, muchos sin camiseta y cubiertos de suciedad, con gestos endurecidos por la labor.

Volví a colocar la foto en su sitio y observé el resto con atención.

En todas ellas aparecía el mismo individuo en diferentes situaciones.

En una, posaba junto a un grupo de militares, con un caballo de batalla a sus espaldas; en otra, brindaba con una copa sonriente en una taberna de la época.

Excepto porque siempre era el mismo tipo, no hallé nada reseñable, salvo en una fotografía donde aparecía junto a un hombre de porte aristocrático, con vestimentas llamativas que desentonaban con el resto.

La imagen, borrosa por el paso del tiempo, mostraba al mismo soldado pero con una expresividad rígida, casi como si fuera un muñeco sin vida.

Sin embargo, el otro hombre sonreía afablemente, pasando un brazo por encima de sus hombros.

Un escalofrío recorrió mi espalda: algo en aquella composición estaba mal, profundamente fuera de lugar.

No quería llevarme las pruebas físicas, así que extraje la cámara de fotos de la mochila y empecé a capturar las imágenes. Eché un rápido vistazo al reloj de pulsera: habían pasado más de diez minutos desde que entrara en la vivienda. Me apuré, consciente de que cuanto antes saliera de allí, mejor.

Llevaba un rato tomando fotografías cuando un sonido extraño me sobresaltó.

Procedía de algún lugar del piso: un golpeteo constante, suave pero rítmico, como si alguien golpeara una superficie lisa con insistencia.

Guardé la cámara y avancé hacia el pasillo que conducía al comedor.

Caminé con la mayor cautela posible y, al entrar en la estancia, me llevé las manos al cinto para sentir el revolver bajo el jersey.

No tenía intención de usarlo a menos que mi vida corriera peligro, pero el simple contacto me reconfortaba.

El sonido persistía, incesante, y seguí la trayectoria con el haz de luz.

Desde las cristaleras apenas se filtraba una claridad tenue; aun así, distinguí algo que me hizo detenerme en seco.

Sobre los vidrios, dos manos golpeaban con las palmas, en un traqueteo continuo, como si alguien llamara desde fuera, en el balcón.

Me acerqué, tratando de ver a la persona al otro lado, pero la oscuridad engullía cualquier rastro de luz; no pude discernir quién estaba allí.

Me detuve a dos pasos, conteniendo el aliento, y observé cómo aquellas manos se quedaron inmóviles, como aguardando algo. Con el pulso acelerado, accedí a la manilla de la vidriera y la abrí con cuidado. No había nadie al otro lado, solo una vieja mesa de patio y dos sillas desordenadas.

—¿Pero qué coño? —espeté.

De pronto, se encendió la luz de una habitación y giré sobre mis talones, sobresaltado, justo a tiempo para ver que se trataba del cuarto de baño.

Caminé hacia allí y, de camino, activé el interruptor de la pared que debía encender las luces del comedor, pero no había energía.

Mi corazón latía con fuerza desbocada, bombeando adrenalina por cada vena, pero aquello no me detuvo. Avancé hasta sobrepasar la puerta