Chapter 140
allá de eso, nada realmente fuera de lo común. Al frente, divisé lo que parecía una barra americana, con restos de vajilla rota y varios vasos y botellas vacías esparcidos. La puerta del frigorífico estaba abierta, y pude distinguir algo que parecía carne envasada, envuelta en papel o plástico.
Moví el haz de luz en busca de otras habitaciones y di con la entrada de uno de los dormitorios.
Dentro, descubrí una cama de tamaño reducido, un armario cubierto de pegatinas ya desgastadas e indescifrables, y un baúl con muñecos articulables esparcidos sobre la alfombra.
Sin duda, había sido la habitación de un niño o un adolescente, aunque no había nada allí que despertara mi inquietud.
Seguí explorando y encontré un pasadizo que se dirigía hacia el fondo de la vivienda; de camino hallé un cuarto de baño.
Incluso antes de entrar, noté un hedor insoportable, una peste intensa a excrementos.
Al asomarme, advertí que alguien se había estado cagando dentro de la bañera y no una ni dos veces, sino repetidamente.
El individuo responsable había esparcido los excrementos por las paredes y por encima del espejo suspendido sobre el lavamanos.
A pesar de la suciedad que cubría el cristal, se apreciaba un golpe en la zona central que lo astillaba como si una telaraña se hubiera formado sobre él.
Decidí pasar de largo, y localicé dos habitaciones más al fondo del pasillo.
Abrí primero la de la izquierda, solo para descubrir que aquello no era más que una suerte de trastero lleno de viejos muebles y electrodomésticos anticuados.
En uno de los costados distinguí una tabla de planchar, un microondas descolorido y una bicicleta con las ruedas completamente desinfladas.
Al otro lado, adiviné a ver un armario abierto con perchas y prendas desvencijadas por el tiempo, además de algunas cajas cerradas con precinto que, a saber, podían contener cualquier cosa.
Desilusionado, abrí la puerta de la derecha y un olor nauseabundo me golpeó la nariz; olía a muerte, a descomposición, a orina y heces.
Con repulsión, me llevé la manga a la boca y asomé la cabeza para iluminar la estancia con la linterna frontal.
Primero inspeccioné las paredes en busca de algún tipo de ventana, con la esperanza de abrir alguna persiana y que al menos entrara algo de claridad procedente del exterior, pero pronto descubrí que alguien había partido la única correa que había y resultaba imposible izarla.
En un rincón de la habitación advertí una cama descompuesta, manchada con restos de lo que parecía sangre y un fluido verdoso.
A un lateral, una mesa mostraba lo que, a primera vista, parecían vísceras arrancadas de cuajo.
Caminé con cuidado hacia aquel santuario del horror, sorteando lo que claramente eran heces humanas, y me acerqué con el estómago revuelto.
Di un rápido vistazo y sentí un asco profundo al identificar lo que supuse era un cuero cabelludo carcomido por gusanos.
Justo debajo, una pequeña cajonera llamó mi atención.
Tiré de un pomo de madera y la abrí: dentro hallé un montón de lápices y bolígrafos dispersos sin orden y una carpetilla dividida en tres apartados.
Entre ellos, encontré un puñado de folios con diversas redacciones escritas a mano.
Prometiéndome echarles un vistazo más tarde, guardé aquel material dentro de la mochila y me dispuse a continuar la inspección.
Al mirar al frente vi un panel de corcho anclado a la pared y sobre él, divisé una gran colección de fotografías sostenidas por chinchetas.