Chapter 139
nombre que buscaba. Confirmando a mi ayudante con un leve movimiento de cabeza que aquel era el lugar, nos internamos en el portal y tomamos un ascensor que olía a tabaco y orina.
El ascensor subió entre temblores y crujidos metálicos, hasta que finalmente se detuvo y se abrió, dando paso a un rellano donde podían verse las escaleras y cuatro puertas, todas cerradas y silenciosas.
—Es allí —señalé, girando hacia la derecha
Llegamos a la puerta de la vivienda, clausurada con cintas policiales, y nos detuvimos justo delante.
Tal y como sospechaba, habían reforzado la entrada con tablones y cambiado el cerrojo.
Toqué la superficie de la puerta; la pintura se descorchó bajo la yema de mis dedos, dejando un pequeño rastro blanco.
Agucé el oído, atento a cualquier ruido, pero como suponía, no había nadie.
—Escucha —dije mientras descolgaba la mochila y la depositaba con cuidado sobre el suelo—. Ve hacia la escalera y espérame ahí. Si ves algo inusual, dame una voz.
—¿Y qué pasa si me encuentro con un vecino? —preguntó, mostrando un atisbo de preocupación.
—También he pensado en eso —repuse, rebuscando entre los objetos que había guardado en la mochila.
Finalmente di con lo que necesitaba y se lo entregué—.
Es una vieja placa policial. No te preocupes, es mía de mis años mozos.
Si te encuentras con un vecino, dile que eres policía y que estamos llevando a cabo una investigación. Sobre todo, no dejes entrar a nadie.
Más asustado que confiado, Jorge recogió la placa y se dirigió hacia las escaleras, deteniéndose en el primer escalón.
Lanzándome un último vistazo, se dispuso a montar guardia.
Asintiendo para mí mismo, extraje la barreta y la introduje en la hendidura donde se encontraba la cerradura.
Haciendo fuerza, hice palanca y algo crujió, cediendo levemente.
Por supuesto, aquello no fue suficiente y tuve que repetir el mismo proceso varias veces, generando un escándalo que parecía resonar por todo el edificio.
Jorge no dejaba de lanzarme miradas de súplica; lo vi palmear la barandilla con nerviosismo mientras musitaba palabras mudas, casi inaudibles.
Tras un último esfuerzo, la puerta cedió finalmente y se abrió sin emitir sonido alguno.
La vivienda estaba completamente a oscuras; procedí a colocarme la linterna frontal.
La encendí presionando un pequeño conmutador y a tientas busqué los fusibles detrás de la puerta.
Tras abrir una tapa, di con ellos y los accioné, pero no hubo respuesta.
Tal y como había imaginado, habían cortado la energía y el piso no tenía luz.
Ajusté firmemente la linterna frontal para iluminar el suelo, entrecerré la puerta de entrada y avancé por un pasillo que terminaba en un pequeño recibidor.
La puerta que debía separar esa estancia del comedor había sido arrancada de sus goznes, y avancé a través del marco, sintiendo cómo bajo mis pies se rompían fragmentos de cristales dispersos.
Siendo franco, me esperaba algo peor que el panorama que me encontré.
Ciertamente, había inmundicia por todas partes: restos de lo que parecía comida en descomposición sobre una mesa cubierta de polvo, un televisor arrojado contra una esquina y un sofá envejecido que, sorprendentemente, estaba bastante entero.
También descubrí una cristalera que daba a un balcón, por la que se filtraba la luz amarillenta de los fanales colindantes y desde donde podía verse los edificios de enfrente. Pero más