Chapter 138
una mano llevaba un palo de madera sucio, que parecía haber sustraído de alguna obra de camino.
—Eso no te hará falta —dije sin desviar la vista de lo que estaba haciendo.
—Si lo hubiera tenido la última vez que nos atacaron…
—No le des a la policía motivos para encerrarte. Eso se podría considerar un arma.
—¿Y eso no? —preguntó, señalando una barreta que reposaba sobre la mesa.
—La necesito para forzar la puerta —repliqué, acomodándola en la mochila con cuidado.
Luego introduje una cámara de fotos y una linterna frontal.
Llevaba el revólver dentro del cinto, por debajo de un grueso jersey, y con un movimiento ágil me atavié con la cazadora, me la ajusté y subí la cremallera.
Tras echarme la mochila a la espalda, hice un gesto con la cabeza y ambos abandonamos el despacho.
Nos dirigimos hacia la calle Galileo y recogimos el Kadett, estacionado a la altura de la rambla.
Antes de arrancar miré el reloj de muñeca: las agujas marcaban las once y diez.
Giré la llave de contacto y, tras escuchar el motor cobrar vida, me encaminé hacia la calle del Colom.
Atravesamos Terrassa por la carretera de Montcada en dirección a Vilardell, y a mano derecha vi los gigantescos pisos de Can Jofresa, iluminados en la noche y salpicados por cientos de luces blancas y amarillas.
A veces olvidaba lo mucho que había cambiado el mundo durante mi ausencia; contemplar aquellas enormes moles de obra vista solo reafirmaba lo fuera de lugar que aún me sentía.
Me encendí un cigarro mientras giraba el volante y exhalé el humo con fuerza.
Miré hacia el costado y encontré a Jorge distraído contemplando el panorama.
Supuse que a él también le resultaría un tanto desconcertante la Terrassa de los años noventa; al fin y al cabo, como yo, había pasado más de media vida en la cárcel.
A lo lejos, divisamos un parque, y cerca de una farola se encontraba un grupo de chavales vestidos con ropas anchas, al menos cuatro tallas por encima, arremolinados alrededor de una enorme radio. Negando con la cabeza, vi a Jorge musitar algo en silencio y luego dijo:
—El mundo se ha vuelto completamente loco.
—Solo están pasando el rato.
—Y a saber qué más —añadió con un ademán—. Estas no son horas para estar en la calle.
Entramos en el barrio de Vilardell y nos encaminamos hacia los pisos sociales.
Ascendiendo por la calle Rioja, llegamos a nuestro destino y estacionamos cerca de un pequeño bosque.
Cerca de allí, unos vecinos revolvían un viejo Renault; sus miradas desconfiadas se clavaron en nosotros, pero decidimos no prestarles atención.
Me bajé del coche dejando la puerta entreabierta y alcé la vista hacia los edificios, altos y amenazantes bajo la oscuridad de la noche.
—¿Dónde es? —preguntó Jorge.
—Es el número tres, el que se encuentra en medio, entrando por la plaza. Tenemos que subir hasta el sexto C.
Apurando el paso, nos introdujimos por una suerte de avenida peatonal y caminamos durante un par de minutos entre escaparates cerrados y farolas que iluminaban débilmente la acera. Al llegar al rellano del edificio, verifiqué los buzones y di con el