Lucidez Chapter 137
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Chapter 137

tiempo para respirar. Yo anhelaba que nuestra relación encontrara un tránsito más natural, aunque intuía que solo el tiempo podría devolvernos lo perdido.

Aquella misma tarde, tras una breve cabezada, el teléfono sonó.

Descolgué el auricular mientras me acomodaba en la butaca.

Al otro lado, el conocido de Anabel me puso al día sobre el caso de allanamiento, y empecé a tomar notas en un blog improvisado.

Justo entonces, se abrió la puerta del despacho y apareció Jorge, con un periódico enrollado bajo el brazo y tarareando una canción.

Al verme, saludó con un cabeceo y se sentó frente a mí.

Desde allí llegaba el olor de su loción, el humo de un cigarrillo reciente y un tenue rastro de café.

—Vale, gracias —dije, una vez que el amigo de Anabel me facilitó la dirección de la vivienda—. Cualquier novedad que surja, se la comunicaré. Buenas tardes.

Colgué. Jorge me observó largo y tendido, y con un gesto sutil de la barbilla formuló una pregunta muda.

Con un movimiento de muñeca, arranqué la hoja que contenía toda la información y la empujé hacia mi ayudante, que la recogió con un ademán.

A continuación desenfundó las gafas de leer de un estuche y repasó el contenido.

Mirándome por encima de los cristales, me lanzó una expresión que combinaba curiosidad y desconfianza.

—¿Nos vamos de excursión? —preguntó.

—Eso parece.

—¿Qué se nos ha perdido en Vilardell?

—Puede que a nosotros nada, pero a la policía se les podría haber perdido un monstruito.

Jorge me lanzó una mirada de reojo y comenzó a tamborilear los dedos sobre la mesa.

—¿No te bastó con una paliza y ahora quieres otra? —bufó—. No creo que meter las narices en los asuntos de la policía pueda traernos nada bueno, y más cuando ahí fuera hay uno que quiere arrancarte los empastes a guantazos.

—Y ese es precisamente el motivo por el que me vas a acompañar: para cubrirme las espaldas, y lo haremos esta misma noche.

—Ni hablar del peluquín, Manolete. La última vez que nos embarcamos en una de tus aventuras nocturna terminamos en un manicomio…

—Solo te necesito para que vigiles la puerta y, llegado el caso, me avises. Tú mismo lo has dicho; no puedo andar por ahí sin tomar ciertas precauciones, ya que un policía quiere matarme.

Jorge no parecía muy convencido con el plan, pero finalmente accedió a regañadientes.

Quedamos en vernos a las once de la noche allí mismo, en el despacho, y lo mandé a descansar lo que quedaba de la tarde mientras yo me aventuraba hacia la ferretería en busca de un par de utensilios que creía que íbamos a necesitar.

Aún quedaban diez minutos para que el reloj marcara la hora establecida y me encontraba enfundando en una mochila el material cuando escuché los pasos de Jorge ascendiendo por la escalera del portal.

A continuación, se abrió la puerta y mi ayudante entró raudo, enfundado en un anorak oscuro del que le colgaba una capucha negra. En