Chapter 136
querido. Sin embargo, todos conocemos y practicamos mecanismos para aliviar, o incluso para olvidar, ese dolor. A veces esas estrategias pueden tornarse destructivas, y probablemente ese habría sido mi camino de no ser porque, en medio de la oscuridad, había recuperado a Anabel.
Padre e hija convertimos ese dolor en un puente, una manera de conectar.
Durante los días siguientes nos entregamos a ponernos al día; o más bien, a que yo me pusiera al día, porque ella parecía conocerme mejor de lo que yo la conocía a ella.
Carlos, al parecer, no había perdido el tiempo y le había hablado mucho de mí: de mi juventud, de mis tropiezos y hasta de mis pequeñas victorias.
Por su parte, ella me habló de sus amistades, de sus aficiones y de la vida que había ido construyendo.
Me contó que se había adentrado en el mundo de la abogacía, igual que su madre, y que no le iba nada mal.
También mencionó a un chico al que había conocido tiempo atrás, con quien ahora salía y con quien planeaba casarse, y que juntos habían comenzado la búsqueda de una vivienda.
No tuve valor para hablarle de nuestra antigua casa ni de las reformas que estaba haciendo en secreto para ella.
Guardé ese plan como un regalo futuro, quizá para Navidad, o en algún aniversario especial.
Yo, a mi vez, le conté en qué andaba metido.
Le hablé de mis casos, de mi trabajo como detective y de dónde residía en aquel momento.
Le hablé también de Jorge, de cómo habíamos retomado nuestra amistad después de casi cuarenta años, y de cómo se había convertido en mi ayudante y mi apoyo.
Incluso me permití mencionar algunos detalles de mi investigación actual, sin entrar demasiado en materia, pero desgranando pistas lo suficiente como para que su agudeza pudiera darme una nueva perspectiva.
Al fin y al cabo, era tan perspicaz como su madre, y tener otro punto de vista nunca estaba de más.
—Conozco a alguien que lleva un caso raro de ocupación —comentó de pasada una mañana, mientras desayunábamos en la Granja de la avenida Ángel Sallent—.
El propietario ha denunciado a la aseguradora porque alguien allanó la casa, y esta se niega a cubrir los desperfectos alegando que no hay sospechoso.
—¿Y no saben quién fue? —pregunté, dando un bocado a mi sándwich vegetal.
—Ni idea. Pero lo curioso es otra cosa. Parece que ahí vivió alguien que se dedicaba a prácticas… bastante turbias. Los policías han determinado que la investigación queda paralizada hasta que el juez emita una nueva orden, ya que encontraron restos biológicos que podrían ser humanos.
—¿De qué tipo?
—Sangre, heces y otras cosas. Además, la persona que ocupó la vivienda dejó pruebas fotográficas.
—Quizá merezca la pena echar un vistazo. Igual encuentro alguna pista.
—Si quieres, llamo a mi colega y os pongo en contacto.
—Me vendría genial, Anabel. Gracias.
—Por ti, cualquier cosa, Andrés.
Anabel aún no me llamaba papá, y no la culpaba por ello. Sin embargo, cada vez que se dirigía a mí por Andrés, sentía una grieta abrirse en mi interior. En raras ocasiones me había dicho padre, pero prefería llamarme por mi nombre, como si esa distancia le diera