Chapter 135
Anabel y yo caminamos juntos por los jardines del cementerio.
A ambos lados se extendían hileras de nichos funerarios, algunos antiguos y deslucidos, con ornamentos desgastados y corroídos por el tiempo.
Los mausoleos más viejos aún conservaban un aire aristocrático, tumbas de quienes alguna vez fueron alguien y que ahora no eran más que nombres olvidados, lujo convertido en polvo, un derroche de mármol y espacio, si me permiten decirlo.
En mi interior, los pensamientos giraban como un torbellino, y los sentimientos se atropellaban en una sucesión que apenas lograba contener.
¿Qué se le decía a una hija a la que no habías visto en décadas y que apenas conocías?
Todos sus recuerdos estaban cimentados sobre una mentira que, aunque piadosa, seguía siendo una injusticia.
Con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón y la cabeza gacha, la miré y dibujé una sonrisa a medio camino entre la tristeza y la vergüenza.
Ella me respondió con un gesto parecido, y la vi jugar nerviosamente con los dedos, como si buscara un refugio en aquel gesto infantil.
—¿Cómo te has enterado? —pregunté, rogando por que entendiera la pregunta.
—El abuelo me lo dijo hace unas semanas.
Su sonrisa volvió a iluminarse, y no pude evitar sorprenderme de cuánto se parecía a su madre.
—Sería capaz de inventar centenares de excusas, pero ninguna sería cierta —dije, deteniéndome en seco.
Anabel avanzó unos pasos más y luego se giró sobre sus talones, enfrentándose a mí con aquellos increíbles ojos verdes que parecían atravesar cualquier defensa.
—Siempre pensé que algo no encajaba —confesó—.
El abuelo tardó mucho en contarme lo que pasó contigo y con mamá, y solo después de que insistiera una y otra vez.
Incluso llegué a montar una escena y a escaparme durante unas horas.
Nunca quiso entrar en demasiados detalles, y su silencio me hizo sospechar que ocultaba algo.
—Lo lamento tanto, Anabel… —susurré, con la voz rota. Su compasión me destrozó por dentro, y las lágrimas comenzaron a correrme por las mejillas—. He sido un mal padre, y una mala persona. No merecías esto.
De pronto sentí sus dedos rozando mi rostro, tímidos, acariciándome la mejilla. Levanté la mirada solo para encontrarme con la sonrisa más triste que he visto jamás, un gesto que contenía tanto dolor como esperanza.
—Escucha, Andrés —murmuró con dulzura—. Acabo de perder a mi yaya, y lo único que quiero ahora es recuperar a mi padre. ¿Qué te parece si empezamos de cero? Solo nosotros dos.
No pude contenerme por más tiempo: el llanto me venció y me derrumbé contra ella. Nos fundimos en un abrazo, y la estreché con todas las fuerzas que me quedaban, mientras ella respondía con más ímpetu aún, como si temiera soltarme.
—Te he amado a través del tiempo, papá —susurró cerca de mi oído—. Ha llegado el momento de recuperar el tiempo perdido.
El luto es algo difícil de explicar. El sentimiento de pérdida, esa punzada que se instala en lo más profundo, suele ser inevitable y, según dicen muchos, incluso necesario. Dicen que es sano, que nos ayuda a integrar en nuestra vida cotidiana la ausencia del ser