Chapter 134
una diadema azabache. Vestía de negro, como casi todos los presentes.
Un nudo me apretó el estómago: ¿era Anabel?
No era difícil suponerlo. La idea me atravesó con violencia y me pregunté si, tras el entierro, debería acercarme a ella, iniciar una conversación, confesarle que era su padre y que seguía vivo.
Mil suposiciones se agolparon en mi mente, y con ellas un miedo insoportable: el de que me rechazara, que me negara incluso la oportunidad de mirarla como a una hija.
Al concluir la misa, la multitud se transformó en un cuerpo compacto que avanzó hacia el exterior siguiendo al coche fúnebre que transportaba el ataúd de Ángela.
La marcha avanzó con un silencio denso, apenas interrumpido por sollozos y respiraciones contenidas.
Pocos minutos después nos detuvimos frente a un muro de nichos colmado de féretros.
Dos mozos, con movimientos mecánicos y con la ayuda de un carro de aluminio, extrajeron el ataúd y lo deslizaron hasta el hueco que le correspondía.
El sonido del cajón al entrar en la cavidad resonó como un portazo definitivo, y a mi alrededor estallaron lamentos y lágrimas.
Las mías se escaparon sin resistencia, empañando la visión de aquella despedida irrevocable.
Una vez concluido el ritual, la multitud comenzó a dispersarse, como olas que retroceden después del golpe contra la roca. Jorge y yo dimos media vuelta, dispuestos a marcharnos y dejar atrás aquel instante de dolor. Fue entonces cuando escuché mi nombre, pronunciado en un susurro quebrado.
—Andrés… —dijo una voz.
Me detuve en seco y giré sobre mis talones.
Frente a mí se alzaba la joven del cabello rojizo, con los ojos enrojecidos por el llanto.
Me miraba fijamente, como buscando en mi rostro algo que confirmara lo que intuía.
Detrás de ella, Carlos me observaba con el semblante roto por la emoción, incapaz de ocultar el temblor en su mirada.