Chapter 133
Se determinaron dos días de luto para llorar la pérdida y el lugar elegido fue el tanatorio Áltima de Terrassa, en la avenida del Vallés.
Recuerdo cruzar el umbral del recinto y seguir las indicaciones de un empleado que, con cortesía discreta, me condujo hasta Ángela.
Sobre un altar de madera ennegrecida y dentro de lo que me pareció una jaula de cristal, descansaba su cuerpo.
La contemplé con detenimiento, y por un momento aquella imagen me resultó antinatural, como si fuese un muñeco expuesto en un escenario silencioso y grotesco.
Su rostro, maquillado con delicadeza, mostraba una expresión neutra, suspendida entre la calma y el vacío en el tiempo, con los ojos cerrados.
Había encogido, y más que una anciana parecía una niña que dormía un sueño demasiado profundo.
La habían vestido con un hermoso traje azul marino, ligeramente cubierto por una tela de encaje blanco que se ondulaba en bucles alrededor del cuerpo.
Observé sus manos, unidas sobre el regazo con quietud solemne, y recordé cuántas veces esas mismas manos me habían consolado, acariciándome la cara con ternura.
El corazón me dio un vuelco y sentí que se fragmentaba como un espejo estallando en mil astillas. La vista se me nubló con lágrimas, y una presión honda me apretó el pecho, mezcla de pena y desgarro. No pude resistir demasiado: murmuré una plegaria y, en el silencio de mi alma, me despedí de ella.
Durante los dos días siguientes permanecí sentado en la antesala, observando el ir y venir de conocidos de todo tipo.
Descubrí que Ángela había estado rodeada de afecto y que era muy querida en el barrio, aunque ningún familiar se presentó, al menos ninguno que yo pudiera identificar.
En la primera tarde apareció Jorge, que se acercó con gesto grave para ofrecerme sus condolencias.
—¿Cómo te encuentras, Andrés? —preguntó, posando una mano cálida sobre mi antebrazo.
Me encogí de hombros como única respuesta, y mi viejo amigo se sentó a mi lado.
Entrelazando las manos sobre su regazo, añadió:
—Si no te importa, me quedaré contigo, acompañándote en estos momentos tan duros.
Asentí, agradecido, y permanecimos en silencio, contemplando cómo la multitud se mezclaba en una coreografía de negros y grises, con susurros que flotaban como un incienso tenue, impregnando el ambiente de duelo.
La misa se celebró el viernes a las diez de la mañana.
Jorge y yo tomamos asiento unas filas por detrás y escuchamos al sacerdote, que con voz pausada evocó las obras y la bondad de Ángela.
Habló de su amor por el prójimo, de cómo había ayudado a decenas de niños despojados de todo en sus horas más oscuras, y del afecto sincero que sentía por sus vecinos.
Siempre he pensado que los entierros sacan a relucir la parte más hipócrita de la gente: recordamos lo bueno del difunto y evitamos mencionar lo hijo de puta que pudo ser en vida.
Sin embargo, en el caso de Ángela, el cura tenía razón.
Pocas personas habían sido tan generosas como ella, un ser luminoso, tejido de comprensión, ternura y, sobre todo, sabiduría.
Si no hubiera contado con sus consejos, probablemente habría acabado mucho peor, quizá incluso muerto, incapaz de pronunciar ahora estas palabras.
Miré por encima de los asientos y distinguí la coronilla de Carlos, cuatro filas por delante. A su lado se recortaba la silueta de una joven de cabellera rojiza que llevaba