Lucidez Chapter 132
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Chapter 132

—¿No se lo ha contado?

—No —repuse con una sonrisa fingida—. No hemos tenido tiempo de llegar a eso.

—Saltó desde la novena planta del hospital del Tórax —respondió sin titubear. Me quedé atónito, sin saber qué responder.

—¿Intentó suicidarse?

—No lo creo. Mi madre no suele hablar mucho del tema, pero dudo que quisiera morir.

Entrecerré los ojos, pensativo, y me metí las manos en los bolsillos de la cazadora.

—Leí en una noticia de un viejo diario que muchos pacientes también saltaron desde la novena planta y se quitaron la vida —alegué.

—No solo los pacientes, don Andrés, también lo médicos y las enfermeras se suicidaron de la misma forma. Solo dos personas sobrevivieron a la caída. Mi madre fue una de ellas.

—No lo sabía —dije—. ¿Quién fue la otra?

Dominica me miró como si meditara si debía revelar más y, al final, murmuró:

—Un paciente que, según dijeron, después de arrojarse al vacío, se levantó por su pie y huyó del hospital.

Eran casi las tres de la tarde cuando me encontraba avanzando con paso lento en dirección al despacho, pensando sobre lo que había escuchado aquella mañana.

En mi fuero interno creía que aquella historia estaba empezando a tomar matices que daban para una película mala de terror de serie B, pero que en mi caso había dejado de tener gracia: seguía sin saber dónde buscar al tal Guerau Mauri, que a esas alturas bien podría ser un monstruo de carne y hueso o un simple poltergeist escapado de alguna pesadilla.

Al llegar al portal, sentí el timbre del teléfono resonar desde el interior del estudio como un eco insistente. Apresurándome, abrí la puerta y subí las escaleras de dos en dos. Encendí la luz con un manotazo y me lancé hacia el aparato.

—Diga —respondí.

—Buenas tardes. ¿Es usted don Andrés Pastor? —preguntó una voz que no supe identificar.

—El mismo que viste y calza.

—Verá, le hablo desde el gabinete de abogados Vila Serra, en representación de la señora Ángela Ponts.

—¿En representación de Ángela? ¿Ha pasado algo?

Hubo un silencio breve, como si al otro lado midieran cada palabra.

—Me temo que acaban de presentarnos su acta de defunción y usted figura como uno de sus legatarios.

Algo dentro de mí se quebró con la fragilidad de un cristal al caer.

Me quedé helado, mudo, con el auricular temblando entre mis dedos.

Quise articular una frase, cualquier cosa, pero lo único que salió de mi boca fue un balbuceo torpe, ininteligible, el reflejo de una mente incapaz de aceptar lo que acababa de escuchar.

—Queremos expresarle nuestras más sinceras condolencias, don Andrés. Le acompaño en el sentimiento.