Chapter 131
y por las noches soñaba cosas aterradoras, despertándome empapada en sudor —hizo una pausa, respirando hondo, y entrelazó las manos sobre su regazo—.
Mire, no soy una persona especialmente impresionable.
Nunca hasta entonces había creído en Dios ni en el Diablo.
Para mí, todas esas historias sobre espíritus, entes demoníacos o cualquier otra terminología que prefiera usar no eran más que patrañas.
—Preveo que está a punto de manifestar un —pero— en ese relato .
—Pero —continuó ella, con énfasis—, todo cambió durante una de nuestras sesiones rutinarias.
Llevaba días diciéndome a mí misma que estaba sugestionada, que todo lo que estaba experimentando era producto de mi mente.
Me encontraba una mañana conversando con Guerau cuando, de pronto, enmudeció y me miró fijamente.
—Está con usted—, dijo, con la mirada fija sobre algo que solo él podía ver, y de pronto escuché una voz que susurraba al oído la palabra puta .
Luego, esa misma voz, rota y llena de odio, lanzó una amenaza, y Guerau la repitió palabra por palabra.
—¿Qué le dijo? —pregunté, con la garganta seca.
—Que durante los siguientes años sufriría un dolor indescriptible y que me marchitaría hasta morir —respondió, y sus ojos parecieron arder con la intensidad de aquel recuerdo.
—¿Y cree que la amenaza fue real?
—¿No tiene usted ojos en la cara? —escupió ella con rabia.
Guardé silencio. Era evidente que no podía forzarla a dar más detalles y que necesitaba procesar la emoción antes de continuar. Marta depositó la taza de té sobre la mesa y, con voz firme y resonante, llamó:
—¡Dominica!
La hija de la anciana tardó unos segundos en aparecer, deteniéndose a escasos pasos de nosotros.
—Nuestro invitado ya se marcha —anunció Marta, y su tono no admitía discusión.
—Mire, señora Garrido, no pretendía molestarla con…
—Haga el favor de salir de mi propiedad —interrumpió ella con un ademán seco y decidido—, y no vuelva nuna.
La miré unos segundos, esperando en vano que cambiara de opinión; al percatarme de que cualquier intento de persuadirla sería inútil, me resigné y me puse en pie.
Dominica me dedicó una mirada corta, casi de cortesía, y asintió con la cabeza.
La seguí y me dirigí hacia el comedor. Justo cuando me disponía a marcharme, la señora Garrido añadió, con una voz que no admitía réplica:
—Don Andrés, si le queda algo de sensatez, se olvidará de todo este asunto. Entierre el nombre de Guerau Mauri, y no vuelva a hablar de él con nadie, jamás.
Asentí, más por respeto que por convicción, y reemprendí mi camino hacia la puerta. Atravesé el comedor. Dominica se me adelantó unos pasos y me abrió la puerta que daba al patio; al cruzar el umbral, me detuvo tomándome del brazo y con una mezcla de cortesía y preocupación, dijo:
—Disculpe a mi madre, don Andrés, hoy no se encuentra especialmente bien.
—No se preocupe. —Empecé a avanzar hacia la verja pero me detuve en medio del patio, dubitativo—. Dominica, ¿puedo preguntarle cómo terminó su madre en silla de ruedas?