Chapter 129
—No sé lo que vi, señora Garrido.
Justo a tiempo, Dominica regresó con un juego de té y unas tazas. Sin mediar palabra, depositó la bandeja sobre la mesa y se retiró sin decir nada, como una sombra silenciosa.
—Disculpe a mi hija —la excusó Marta, mostrando un atisbo de empatía por primera vez—.
Lleva demasiado tiempo cuidando de esta anciana enferma, discapacitada y cabreada con el mundo.
La desgracia nos sobrevino demasiado pronto, y tuvo que hacerse cargo de mí desde muy joven.
Por mi culpa no ha podido crear una vida propia.
—¿Qué le ocurrió?
—Probablemente no me creería —respondió, con un hilo de voz cansado.
—Últimamente he visto cosas que hace un tiempo hubiera creído imposibles — añadí, tomando una de las tazas y dando un sorbo—. Póngame a prueba.
—Todo pertenece a la misma historia.
—¿Quiere decir que se encuentra en ese estado por culpa de Guerau Mauri?
—Todo es culpa de ese malnacido —escupió con amargura.
—La escucho.
La señora Garrido tomó un sorbo de té antes de empezar su relato y, por primera vez, la vi sonreír. No era una sonrisa genuina; más bien parecía una mueca provocada por la nostalgia, un reflejo de recuerdos lejanos de una época que ya había pasado y que ahora flotaba como un fantasma en su memoria.
—El día que fui trasladada al hospital del Tórax fue uno de los más felices de mi vida —manifestó, algo ausente, como si navegara por una película que sólo ella podía ver—.
La medicina siempre ha sido mi vocación, y la salud mental me fascinaba.
La mente es un puzle apasionante y, al mismo tiempo, una contradicción.
El ser humano cree que es imposible perder el control de sus pensamientos porque tiene consciencia y puede pensar; y lo cierto es que no hay nada más ególatra que esa creencia.
Tras licenciarme, fui asignada como enfermera de familia, pero aquello no me llenaba.
Trabajar codo con codo con los psiquiatras me pareció la mejor oportunidad para estudiar el terreno de la psicología y la neurociencia.
—Por cómo se expresa, se nota que es su pasión.
—Lo era —me corrigió ella—. Créame cuando le digo que da miedo ver hasta qué punto puede degenerar la mente humana y destruir a una persona que, en otro tiempo, fue completamente funcional.
—Comprendo.
—Sea como fuere, me pareció una buena oportunidad para crecer como profesional, por lo que acepté el puesto tras varias entrevistas.
Y me fue bien, ¿sabe? Durante años atendí a decenas de pacientes, con sus más y sus menos.
Algunas patologías son más llevaderas: los bipolares, los ciclotímicos, incluso aquellos con trastorno límite de la personalidad, no dejan de ser personas con crisis puntuales, a quienes incluso se les puede llegar a coger cariño.
Luego está la otra cara de la moneda: los esquizoafectivos, los psicóticos delirantes o los dementes, que pueden llegar a ser peligrosos.
Sin embargo, todo cambió con la llegada de Guerau Mauri.