Lucidez Chapter 128
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Chapter 128

Pacientemente, dejé que el humo se deslizara entre mis dedos y observé cómo los minutos se estiraban. Finalmente, la vi volver con un manojo de llaves y, con un gesto decidido, procedió a abrirme.

—Sígame —ofreció adelantándose.

Seguí sus pasos a través del patio y entramos en la vieja casa.

Tras cerrar la puerta detrás de mí, avanzamos por un pasillo que nos condujo hasta un comedor decorado con decenas de retratos familiares antiguos y delicadas colecciones de teteras de porcelana, algunas con pequeñas fisuras que delataban los años de uso.

Oí el silbido de una olla a presión procedente de alguna habitación y también sentí el aroma cálido y profundo de una escudella.

Miré a la anfitriona, que me señaló discretamente una puerta por donde se filtraba un haz de luz.

Me dirigí hacia allí, con la mujer siguiéndome de cerca, y tras atravesar el umbral me encontré en un patio floral cubierto por un techo de policarbonato, donde el sol dibujaba sombras delicadas sobre los geranios y las buganvillas.

En medio del patio, una mesa de cristal con dos sillas se erguía como punto central.

En un costado de la misma divisé a una anciana sentada sobre una silla de ruedas que me observaba sin emoción aparente.

Vestía completamente de gris, el cabello ceniciento recogido en un moño descuidado, y una manta le cubría las piernas, que permanecían inmóviles.

—Dominica, tráenos un poco de té —le ordenó a su hija en un tono mordaz y firme

—. El señor Andrés y yo tenemos mucho de qué hablar.

Dominica asintió, se dio media vuelta y regresó al interior de la casa. Marta Garrido hizo un gesto y me invitó a sentarme en la silla contigua. Lo hice y nos quedamos mirándonos en un silencio pesado, cargado de interrogantes.

—¿Cómo se encuentra? —pregunté para romper el hielo.

—¿Usted qué cree? —replicó mordazmente, clavando en mí una mirada afilada. Pronto entendí que no podía esperar de aquella conversación la típica cordialidad.

Marta Garrido parecía una anciana, sí, pero su mente era aguda y estaba envenenada con la amargura de quien ha vivido demasiado y prefiere no recordar.

—Verá, señora Garrido, necesito hablar con usted sobre un paciente suyo, uno al que atendió mientras trabajaba en el hospital del Tórax.

—Vayamos al grano, don Andrés. Usted ha venido a preguntarme por Guerau Mauri.

—Así es. ¿Cómo sabe usted…?

—Sabía que tarde o temprano alguien vendría haciendo preguntas.

El caso de Guerau es excepcional, y el día que enterraron su cuerpo, lo que realmente se sepultó fueron los secretos, no sus restos.

Tanto el gobierno de la Generalidad como el director del hospital quisieron silenciar los acontecimientos acaecidos allí, pero sé por experiencia que la verdad, como el aceite, siempre queda por encima y que la mentira tiene las patas muy cortas.

Por decirlo de otro modo, su llegada, o la de cualquier otro, era inevitable.

Me removí incómodo en mi asiento. La señora Garrido acababa de confirmar que Guerau Mauri seguía con vida y, lo que era peor, parecía confirmarse lo que mi cliente aseguraba con vehemencia: aquello que había visto era un hombre.

Marta me observó detenidamente y, como si adivinara mis pensamientos, afirmó sin titubeos:

—Usted lo ha visto.