Chapter 127
Mientras abandonaba el edificio, abrí el folio para determinar mi siguiente paso.
En él aparecía escrita una dirección: « Carrer del Camí de Can Corbera, número cero ».
Seguí caminando por la acera, apretándome contra la cazadora para resguardarme del viento, en dirección al centro de la ciudad, con la intención de tomar el coche, ya que aquella ubicación se encontraba casi en las afueras de la ciudad, en Les Fonts.
Me perdí un par de veces antes de resignarme a consultar el mapa de carreteras que, por suerte, siempre llevaba en la guantera del coche.
Tras ubicarme, conduje en paralelo a la travesía del barrio hasta dar con la casa de la señora Marta Garrido.
Estacioné el Kadett cerca de un descampado anegado de matorrales y hierbas altas, me bajé del vehículo y avancé con cuidado hacia la fachada de lo que parecía un viejo caserío, castigado por el paso de los años y el desgaste de la humedad.
Antecediendo un patio algo descuidado, encontré una vieja puerta de hierro pintada de manera improvisada tiempo atrás, en la que se apreciaba un verde claro que empezaba a desconcharse.
En un lateral del muro hallé un timbre antiguo y lo accioné, sólo para escuchar un sonido estridente que resonó dentro de la vivienda.
Poco después, la puerta principal del otro lado del patio se entreabrió y apareció una mujer de unos cuarenta y tantos años, ataviada con un batín gastado.
Me miró con desconfianza, sin pronunciar palabra, limitándose a escrutarme con atención.
—Disculpe —dije, levantando la mano a modo de saludo—. Estoy buscando a Marta Garrido.
La mujer entrecerró los ojos para observarme mejor, frunció los labios en una mueca de incertidumbre y finalmente salió al exterior, aunque sin aventurarse demasiado, permaneciendo cerca de la puerta.
Se abrazaba los hombros con los brazos, como queriendo protegerse del frío que calaba en el patio.
Su cabello, salpicado de canas, caía descuidado hasta media espalda.
En realidad, aparentaba ser mayor de lo que era debido al evidente auto descuido, aunque no cabía duda de que de joven debió de haber sido muy atractiva.
—Es mi madre —arrancó a hablar al cabo, con voz algo firme pero cansada—. ¿Qué es lo que desea?
—Verá, me llamo Andrés Pastor, soy detective privado y necesito hablar con su madre sobre un paciente al que atendió durante los años en que trabajó en el hospital del Tórax.
Pensé que, dadas las circunstancias, lo mejor era decir la verdad.
Después de todo, aquella mujer no parecía tener paciencia para escuchar las mentiras de un cantamañanas, y no necesitaba engañarla.
La vi evaluarme de nuevo, estudiando cada gesto y cada palabra, buscando determinar si representaba algún tipo de amenaza.
Poco después, se acercó a la puerta para hablarme a través de los barrotes:
—Mi madre está muy enferma, don Andrés, y no sé si se encuentra en disposición de hablar con usted.
—Será solo un momento, se lo prometo.
—Déjeme que le pregunte. Le advierto de que no le gustan los extraños.
—No se preocupe. Esperaré aquí —aseguré, encendiendo un cigarrillo mientras la veía regresar a la casa.