Chapter 126
rezaba « información ». Tras una mampara de cristal, pude vislumbrar a una joven de unos treinta y pocos años, ataviada con unas gafas de pasta y una blusa color marino.
—Buenos días —entoné.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?
—Quisiera hacer una consulta sobre una persona —dije, consciente de que para acceder a información personal de cualquier ciudadano necesitaba algún justificante, que, por supuesto, no tenía.
Improvisé sobre la marcha—. Verá, necesito saber el paradero de una vieja amiga de la infancia, pero hace años que no tengo noticias de ella.
Se trata de una mujer, prima de mi madre, con la que necesito contactar.
El problema es que no sé siquiera si sigue con vida, porque han pasado casi veinte años desde la última vez que la vi.
—¿Sabe como se llama?
—Sí, su nombre es Marta Garrido Aguilar —respondí, con la esperanza de que aquello bastara para iniciar la búsqueda.
—Voy a necesitar su documento de identificación —manifestó ella.
—Por supuesto —ofrecí, entregándole mi DNI.
La vi teclear con rapidez, mientras el reflejo de la pantalla se dibujaba en los cristales de sus gafas. Levantó apenas la mirada y, con voz neutra, dijo:
—La señora Garrido sigue con vida.
—¿Podría usted facilitarme su dirección?
—Lo siento señor, pero no puedo darle ningún dato personal. Para ello se requiere una copia de la documentación y la autorización de la susodicha.
—Comprendo. Sin embargo, y tal y como le he dicho, perdí el contacto hace muchos años.
—No puedo ayudarle, señor.
—Mire, señorita, se lo pido como un favor personal —dije, y debo admitirlo: a veces puedo ser un actorazo, así que puse la voz quebrada por la emoción y la expresión más conmovedora que fui capaz de proyectar—.
Es mi madrina, y guardo un recuerdo muy especial de ella.
Hoy es el aniversario de la muerte de mi madre, y el otro día, mientras reorganizaba el desván, encontré unas viejas fotografías en las que aparecía ella.
Estoy convencido de que le encantaría verlas.
Vamos, mujer, cuesta muy poco hacer feliz a alguien su vejez.
Mi actuación surtió efecto: la chica, enternecida, suavizó su mirada y asintió con un gesto de complicidad.
—Muy bien, pero que esto quede entre usted y yo. Me juego el trabajo haciendo esto.
—Será nuestro secretillo. Dios se lo pague con muchos hijos.
—No por favor, que ya tengo tres, y son un terremoto.
Moviendo los dedos a una velocidad vertiginosa, la chica hizo una búsqueda rápida y pocos segundos después escuché el sonido de la impresora y vi salir un folio de la máquina. Con un movimiento hábil lo recogió y lo pasó por el mostrador junto con mi documentación.
—Aquí tiene —dijo.
—Es usted un sol. Mil gracias.