Lucidez Chapter 124
71%

Chapter 124

—Pero le advierto —empecé a decir, mientras anotaba en un folio de una libreta la dirección que me había dado el cliente— que es algo excéntrico, y tal vez no quiera revelarle el nombre de la persona que busco.

El inspector Manel dobló cuidadosamente el folio con mis anotaciones, lo guardó en el bolsillo interior de la cazadora y se incorporó con intención de marcharse.

Antes de cruzar la puerta del despacho, giró la cabeza y me dedicó un último vistazo, cargado de peso, como si midiera cada palabra que habíamos compartido.

—También investigaré sobre ese policía suyo que dice que ha intentado matarle — concluyó antes de partir—. Manténgase localizable, por si le necesito.

Asentí con la cabeza mientras lo veía desaparecer, engullido por las sombras del portal, hasta que la puerta se cerró con un leve chasquido que retumbó en el despacho como un eco final.

No podía permitirme paralizar mi actividad por los acontecimientos recientes.

Debía seguir la pista que había encontrado en el hospital del Tórax.

Tenía un nombre, y decidí buscar a Marta Garrido Aguilar, quien presumiblemente, según el informe que hallé entre los archivos, había sido la enfermera de Guerau Mauri.

A la mañana siguiente, tras engullir un par de analgésicos como quien toma gominolas, me preparé un café bien cargado y me senté frente al escritorio.

Deposité sobre la mesa el expediente clínico y lo revisé de nuevo, observando cada línea con atención.

Teniendo en cuenta la fecha de apertura, marcada el siete de mayo de 1967, aquella mujer, de seguir con vida, debía tener ya una edad avanzada, aunque no podía confirmarlo.

Rebusqué entre los cajones hasta dar con la guía telefónica y revisé los apellidos, organizados alfabéticamente.

No encontré a la tal Marta Garrido por ninguna parte, pero sí hallé varios números correspondientes a personas con los apellidos Garrido y Aguilar.

Por supuesto, aquellas personas podrían ser familiares directos o simplemente desconocidos.

Mi intención era dar con algo más tangible, tal vez un hermano que coincidiera con ambos apellidos.

Tras revisar varias veces la columna, concluí que aquello era una pérdida de tiempo.

Si quería encontrar algo más preciso, probablemente debía acceder al registro civil.

Ni corto ni perezoso, me enfundé la cazadora y abandoné el despacho para encaminarme rambla abajo.

El edificio se encontraba cerca del centro, a pocos minutos del barrio La Cogullada, en la Rambleta del Pare Alegre.

Mientras caminaba, sentí un dolor palpitante en la cabeza causado por el traumatismo, así como una punzada en el dorsal del pecho: un recordatorio constante de que debía andar con pies de plomo, porque cierto policía seguía interesado en verme muerto.

Al llegar a las puertas del edificio, advertí que todavía no había abierto y verifiqué la hora en mi reloj.

Las agujas marcaban las ocho menos diez, y según el horario establecido en la puerta, los servicios no comenzaban hasta las nueve de la mañana.

Maldiciendo por lo bajo, giré sobre mis pasos y me dirigí hacia un bar que había visto de camino, buscando cómo matar el tiempo.

Llegué hasta el cruce con la Rambleta y crucé la puerta del establecimiento. De fondo se oía el murmullo constante de un televisor ubicado en alguna esquina, mezclado