Chapter 123
—No —negué con rotundidad, mi voz firme—. Podría al menos decirme por qué cree que he sido yo.
—Mire, Andrés —dijo, haciendo una mueca—. Sé que estuvo en el hospital, y lo sé porque mi agente informó que le vio huyendo del lugar mientras descendía por las escaleras.
—¿Está seguro de que era yo? —pregunté.
—No juegue conmigo —dijo, con voz firme—. Ha confirmado que era usted.
—Y si está tan seguro de que fui yo quien atacó a su agente, ¿por qué no me ha detenido aún?
—Porque el agente está muy malherido y se encuentra en coma, por lo que nadie puede confirmar que fuera usted. Sin embargo, sabemos que estuvo allí. —Por primera vez, el inspector suavizó el rostro—. Dígame la verdad —dijo con una sonrisa cansada
—. No puedo ayudarle si no me dice lo que pasó. Si fue un accidente...
—No fui yo —le corté, consciente de la estrategia. Conocía sobradamente aquel juego y no iba a caer en la trampa.
—Mire, tenemos a un policía hospitalizado en estado grave, padre de dos criaturas de tres y cinco años. Así que le pido que me diga la verdad para que todos podamos seguir con nuestras vidas, incluido usted.
—¿Quiere un culpable? —espeté con fiereza, dejando que la indignación se filtrara en mi tono—. Entonces busque a un inspector de la policía municipal llamado Cristian Martín. ¡Si alguien atacó a su hombre, debió ser él!
—¿Cristian Martín?
—Sí, fue él quien me dejó en este estado. Es cierto que estuve en el hospital del Tórax, pero yo no tuve nada que ver con lo que le ocurrió a su agente.
—No conozco a ese tal Cristian Martín —reflexionó Manel, ladeando la cabeza con un gesto pensativo—. ¿Qué hacía usted en el Tórax?
—Iba detrás de una pista de un caso de desaparición de una persona.
—¿Y ese individuo le atacó allí?
—Así es. Debió seguirme hasta el hospital.
—Me incliné ligeramente hacia adelante para acortar la distancia, haciendo que mi mirada se clavara en la suya—.
Escúcheme, Manel. A menos que su hombre sea un tipo que anda por ahí atacando a la gente con una tubería inoxidable, no lo vi.
Así que, si alguien agredió a su agente, tuvo que ser Cristian.
Es cierto que me crucé con su otro agente por las escaleras, pero en cuanto al agredido, no lo vi en ningún momento.
Como comprenderá, no iba a quedarme esperando a que me mataran.
Manel se echó hacia atrás en la silla, introduciendo las manos en los bolsillos de la cazadora, mientras su rostro mostraba una mueca pensativa. Luego me dedicó una mirada reflexiva, a medio camino entre la inquietud y la valoración estratégica.
—¿Tiene usted algún testigo que pueda confirmar su coartada? —preguntó, rompiendo el silencio que se había instalado entre ambos.
—No —mentí, evitando implicar a Jorge—. En realidad, tal vez pueda conversar con mi cliente. Él puede confirmarle que trabajo en un caso de desaparición.
—Si me facilita usted su dirección, estaré encantado de llevar a cabo tal empresa.