Chapter 121
—Le abro —dije, presionando el botón de la puerta.
Escuché los pasos del inspector subir por las escaleras y me pregunté a qué habría venido.
Tal vez tenía relación con los sucesos de la noche anterior en el hospital del Tórax.
Antes de que terminara de subir, me dirigí a la parte posterior del despacho, me enjuagué la cara con agua fría y tragué un par de pastillas más.
Seguía sintiéndome como si hubiera caído por un terraplén lleno de zarzas, con cada músculo dolorido y la cicatriz de la frente latiendo de manera preocupante.
Gruñendo por lo bajo, tomé asiento de nuevo y esperé.
Unos segundos después, el inspector golpeó a la puerta del despacho, señal de que la visita comenzaría.
—Buenas tardes —recitó el inspector una vez cruzó el umbral. Tras esto cerró la puerta con un golpe seco y caminó hasta colocarse frente a la mesa, con las manos en los bolsillos, adoptando una postura relajada.
—Buenas tardes —respondí—. ¿En qué puedo ayudarle, inspector?
Manel estudió el despacho con detenimiento, deteniéndose en las fotos, los documentos encuadernados sobre el estante y las pilas de expedientes dispersos. Luego repasó la habitación de arriba abajo, y al final me dedicó una mirada extraña, fría, imposible de interpretar.
—Aquí huele a borrachuzo —dijo, sin apartar la vista de mí—. ¿Ha estado usted bebiendo?
—Estoy bastante crecidito como para tener que excusarme ante tal perorata, inspector —repuse, cruzando las manos.
—La verdad es que no sé de qué va usted, Andrés.
Se sentó sin apartar el ojo crítico de mí y me dedicó una mueca que mezclaba desaprobación y desdén.
Conservé la compostura, sin mostrar emoción alguna, como si sus palabras no me rozaran.
Ambos nos observamos durante un largo instante, midiendo fuerzas en un silencio cargado de tensión, una auténtica batalla de voluntades.
—¿Qué se le ofrece? —pregunté finalmente. No iba a permitir que aquel tipo me intimidara.
—Solo me preguntaba qué sería de usted, así que decidí hacerle una visita para ver cómo se encontraba. Por la cara que me trae, diría que ha sufrido algún tipo de accidente
—dijo, señalando con un gesto sutil la hinchazón y el corte en mi rostro.
—Una caída por unas escaleras, me temo —mentí—. Fue aparatosa, pero parece más de lo que en realidad fue.
El inspector se encogió de hombros y sacó una cajetilla de cigarros del bolsillo.
Me ofreció uno; acepté y él encendió el suyo mientras yo tomaba mi mechero para prender el pitillo.
De inmediato, un ataque de tos me sacudió, acompañado de una punzada aguda en el pecho y la espalda.
Al llevarme la mano a la boca, noté un rastro de sangre.
Deposité el cigarro en el cenicero con cierta aprensión, esperando que no se repitiera.
—¿Se encuentra usted bien? —preguntó Manel, frunciendo ligeramente el ceño. Le respondí con un gesto leve de la mano para restarle importancia.
—Al parecer, ha estado últimamente entretenido —dejó caer.
—Uno es un hombre de oficio.