Chapter 120
—Parece un trabajo entretenido. —Gemma dio la última puntada y haciendo un giro con los dedos, realizó un pequeño nudo. Luego cortó el hilo sobrante con unas tijeras y observó su trabajo con ojo crítico—. Creo que la cicatriz pasará bastante desapercibida.
—Gracias —entoné, tocando suavemente los puntos con la mano derecha. Conté con la yema hasta seis, apreciando que el dolor era mínimo—. Apenas he sentido nada.
—Me alegro mucho, Andrés. Deberás desinfectar la herida cada doce horas, y te voy a recetar antibióticos para prevenir infección.
De repente, un ataque de tos me sacudió y sentí una punzada aguda a la altura de las dorsales, donde había recibido uno de los golpes. Me llevé las manos a la boca y al separarlas, estaban manchadas de sangre.
—Deberías hacer que alguien te revise esa tos tan fea —dijo Gemma con preocupación—. No es normal excretar sangre.
—No es nada —repliqué—. Debo haberme golpeado la espalda.
Gemma asintió y se dispuso a marcharse entre los cortinajes, pero la detuve levantando una mano:
—Me preguntaba, Gemma, si algún día de estos te vendría de gusto cenar conmigo.
Se giró de nuevo hacia mí, y su sonrisa se amplió, dibujando de nuevo esas arruguitas en los ojos que me resultaban irresistibles.
—Sí, me encantaría.
Nunca creí que volvería a sentir ganas de enamorarme, pero, he aquí, a las puertas de los cincuenta, las mariposas volvieron a revolotear en mi estómago.
Sobra decir que Maribel siempre ocuparía un lugar privilegiado en mi corazón, insustituible e irremplazable, pero algo en mi interior me decía que Gemma podría llenar aquel vacío existencial y ayudarme a aliviar la pesada carga de la soledad que había aprendido a sobrellevar con estoica resignación.
Antes de marcharme del hospital, Gemma me entregó su teléfono y quedamos en vernos un día de la semana siguiente.
Me dirigí al despacho con la intención de descansar un poco y templar los nervios, pero una vez tumbado sobre el colchón de la trastienda, el sueño me fue esquivo.
La mente no podía encontrar reposo: cosas muy extrañas estaban ocurriendo en mi vida y mi cordura no daba abasto para procesarlas.
Al día siguiente me levanté con la firme intención de no mover un dedo y descansar.
Seguía teniendo la cara hinchada y la cicatriz enrojecida, así como hematomas del tamaño de un puño que recorrían mi cuerpo como un mapa del dolor.
Tras tomar un café, bajé a la farmacia de la esquina y compré varias cajas de analgésicos para aliviar los efectos de la paliza.
De vuelta al despacho, me senté en la silla y los bajé con un brandy añejo; la combinación del alcohol y medicamentos surtió efecto de inmediato, sumiéndome en un estado traspuesto, entre el sueño y los sedantes.
Un ruido me despertó bruscamente, arrancándome de aquel letargo etílico.
Miré hacia la ventana: la oscuridad había caído y deduje que debía ser tarde.
Nuevamente, un timbre seco y estridente sonó desde el megáfono.
Intentando recomponerme como buenamente pude, presioné el interfono y pregunté quién era.
—Soy el inspector Manel Gispert —respondió una voz firme y seria desde el portal de abajo.