Chapter 119
Conduje por la travesía que llevaba hasta la carretera de Sabadell, desviándome cerca del centro de recreo Exporcenter, hacia el hospital.
Una vez dentro del parking, estacioné cerca de urgencias.
Antes de salir del vehículo revisé la hora: el reloj marcaba las diez y media de la noche.
Supuse que no habría demasiada gente y que, en consecuencia, no debería pasar mucho tiempo hasta que me atendieran.
Una vez en el mostrador, facilité mi nombre y apellido al administrativo, quien me pidió que aguardara en la sala de espera hasta que alguien viniese a buscarme.
Me senté en una de aquellas sillas tan incómodas, entrelazando las manos para intentar calmar el temblor.
Al poco, una enfermera hizo acto de presencia y me condujo a un departamento, donde echó una gruesa cortina que me aisló del mundo exterior.
Me senté sobre la camilla, los músculos aún tensos, y esperé mientras el silencio se mezclaba con el eco lejano de pasos en el pasillo.
Al cabo de unos minutos, una doctora, claramente más cerca de los cuarenta que de los treinta, se acercó para atenderme.
Su sonrisa, amable y tranquila, me dio un leve alivio antes de extraer de un armario un buen puñado de gasas y una botella de agua oxigenada.
—¿Qué le ha ocurrido? —preguntó mientras empapaba uno de los apósitos.
—Me temo que soy muy torpe y me he caído por una escalera.
—Ya —replicó, limpiando los restos de sangre seca de mi pómulo izquierdo—. Una escalera muy problemática, al parecer. ¿Quién ganó la pelea?
—Debería ver cómo quedaron los escalones —bromee.
La doctora rompió a reír y, al hacerlo, se le dibujaron unas arruguitas alrededor de los ojos que me parecieron entrañables.
La observé con atención y, al percatarse de mi interés, me miró de reojo sin perder la sonrisa.
Miré su mano buscando un anillo que delatara un compromiso, pero no había ninguno.
—¿Cómo se llama? —pregunté, sacando un poco del valor que no sabía que tenía.
—Gemma — dijo mientras limpiaba la zona más afectada . Dejé escapar un quejido y ella entrecerró los ojos, como si comprendiera exactamente qué dolor sentía—. Lo siento. Tiene un corte bastante profundo, señor…
—Andrés —dije.
—Mucho me temo que tendré que ponerle puntos —observó Gemma, entre la sonrisa y la preocupación—. No se preocupe, intentaré que no le quede marca.
—¿Le importa si nos tuteamos, Gemma?
—No, claro. No hay problema Andrés.
Gemma se levantó del taburete y fue a buscar aguja e hilo. Desinfectó la herida con alcohol, produciéndome un terrible escozor que me hizo apretar los dientes. Levantó ambas manos y, cuando estaba a punto de comenzar, preguntó:
—¿A qué te dedicas?
—Soy detective privado —respondí justo en el momento en que sentía el primer pinchazo. Se me escapó una lágrima y apreté los puños para contener el dolor.
—Interesante. ¿Y qué haces exactamente? —Con un pulso milimétrico, Gemma fue deslizando la aguja a través de la herida—. ¿Eres como una especie de policía?
—Algo así. Podría decirse que ayudo a la gente a encontrar cosas que han perdido.