Chapter 118
manos temblorosas busqué las llaves en el bolsillo del pantalón y, por fin, logré abrir la puerta.
Antes de encender el motor, dirigí la mirada hacia la gigantesca silueta del hospital y vi una luz en la oscuridad que se dirigía hacia la salida, cortando la penumbra como un cuchillo.
No lo dudé ni un segundo: arranqué el coche, pisando el acelerador a fondo.
Las ruedas patinaron sobre el asfalto gastado, lanzando un leve chirrido que se perdió en la noche.
Giré el Kadett hacia la vieja carretera norte de Terrassa y, durante un par de segundos, miré por el retrovisor.
¿Era un coche patrulla el que estaba estacionado en el parking?
La luz en el hospital salió al exterior, iluminándonos a lo lejos como una amenaza que nos siguiera.
Conduje lo más rápido que me atreví, con cada latido del corazón marcando el ritmo, alejándonos de aquel lugar de pesadilla.
—Tienes un arma —me recordó mi ayudante—. ¿Por qué no la has usado?
—Porque es policía —respondí, sin apartar la vista de la carretera que se abría ante nosotros.
—¿Ese tipo es policía? ¿Qué quería?
—Matarme.
Me llevé la manga a la herida en la cara y la restregué con dolor. Al retirarla, el tejido estaba completamente manchado de sangre, un recordatorio ardiente de lo cerca que habíamos estado de la muerte.
—¿Lo conoces?
—Sí —respondí, apretando el volante con fuerza—. Sé quién es. Me la tiene jurada.
—Y si quería matarte, ¿por qué no te ha disparado?
—Porque no quiere dejar evidencias, obviamente. Pretendía quitarme del medio a golpes, y casi lo consigue de no ser por ti. Gracias Jorge.
—No ha sido nada —dijo, con una sonrisa que no alcanzaba a borrar el dolor—. Eso sí, yo también me he llevado lo mío.
Mi ayudante se llevó la mano al muslo y lo frotó con cuidado, tratando de aliviar el dolor.
Manejé el automóvil de regreso a la ciudad; el motor rugía bajo mis manos, acompañando la tensión que aún vibraba en mis nervios.
Cuando me disponía a tomar la rambla, cambié de idea y giré hacia el barrio del Siglo XX.
—Escucha —dije, deteniendo el coche en un semáforo en rojo—. Voy a dejarte en casa. Quiero que desaparezcas por unos días. Es mejor que no llamemos la atención por un tiempo.
—Deberías ir a que te revisen eso —replicó él, señalando mi rostro hinchado y la herida sangrante—. Tienes una herida bastante fea.
—No te preocupes por mí. En cuanto te deje, iré al médico.
Jorge guardó silencio unos segundos, observándome con atención; luego añadió, con un hilo de preocupación:
—¿Estarás bien sin mí?
—Sí, no hay problema.
Lo dejé en el portal de su casa, viéndolo desaparecer tras la puerta, y me dirigí al hospital General de Terrassa.
Cada movimiento me recordaba el daño que había recibido: me dolía todo el cuerpo, pero el corte en la cara era lo que más me preocupaba, pues la sangre no dejaba de brotar de la herida, empapando mi camiseta.