Lucidez Chapter 117
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Chapter 117

figura levantó la barra con ambas manos, preparada para descargar un nuevo ataque, y reaccioné de forma instintiva, golpeando con una patada la parte trasera de su rodilla. Mi agresor cedió ligeramente ante el impacto, y aproveché para deslizarme unos metros, ganando valiosa distancia.

Me incorporé de un salto y me lancé hacia la linterna, pero antes de poder recogerla, aquel tipo descargó un golpe directo sobre mi brazo.

La linterna salió despedida, rebotando sobre el mostrador y girando en un caos de metal y luz difusa.

Fue entonces cuando distinguí el cabello de mi agresor: corto, rubio, reflejado por los pocos haces de luz que se escapaban.

—¿Acaso te pensabas que me había olvidado de ti, cabrón? —escupió la voz cargada de odio de Cristian Martín.

No esperó respuesta. Otro golpe descendió sobre mis costillas, doblándome del dolor, y seguidamente uno más me impactó en la zona lumbar.

Me desplomé, incapaz de sostenerme, y al levantar la mirada entre el dolor, percibí una segunda silueta abalanzándose sobre la primera.

Los cuerpos chocaron, rodando y golpeando el suelo con estrépito.

El que sostenía el arma logró incorporarse ligeramente antes que su oponente y descargó un garrotazo que alcanzó a mi defensor.

Un lamento desgarrador escapó de Jorge al recibir el impacto en la pierna.

Cristian se agachó sobre él, deslizando el arma por su cuello en un intento de estrangulamiento, apretando con fuerza implacable.

Con esfuerzo y coraje, conseguí incorporarme y lancé una patada al rostro de Cristian, que cayó hacia un costado, tambaleándose.

Sin perder un instante, ayudé a Jorge a ponerse de pie; entre los dos, logramos abrirnos paso y salir corriendo en dirección a la escalera.

Apoyándonos el uno en el otro, descendimos a toda prisa las nueve plantas del hospital, los escalones resonando bajo nuestros pies y cada respiración quemando en el pecho.

—¿Quién cojones era ese? —preguntó Jorge, con la voz aún entrecortada por el miedo y el esfuerzo.

No pude responder. Me encontraba sumido en un estado de nervios insoportable; el corazón me palpitaba tan rápido que parecía querer arrancarse del pecho, presionando mis costillas y dificultando cada respiración.

Al llegar al rellano de la cuarta planta, una luz cortó la oscuridad del pasillo: una linterna apuntaba directamente hacia nosotros, y una voz ordenó que nos detuviéramos.

Sólo tuve unas centésimas de segundo para distinguir de quién se trataba, y alcancé a vislumbrar ropajes azules.

¿Un policía tal vez? La duda no me detuvo: hicimos caso omiso y seguimos corriendo hacia abajo.

Al descender dos plantas, la luz volvió a asomar desde arriba, acompañada de un grito de advertencia que retumbó en el edificio como un látigo.

Al llegar al entresuelo, la fatiga me venció.

Las piernas me temblaron y cedieron bajo el peso de mi cuerpo, arrastrando a Jorge conmigo.

Caí contra el suelo y detuve el golpe con las palmas de las manos.

Arrodillado en la oscuridad, sentí el calor húmedo de la sangre procedente del golpe en la cara.

—¡Levanta, coño! —gritó mi ayudante, tirando de mí con fuerza.

Con un esfuerzo sobrehumano, conseguí ponerme de nuevo en pie. Nos precipitamos hacia el coche, cada paso quemando los músculos, cada respiración una lucha. Con