Chapter 116
pasos lejanos que rasgaban la madera o el hormigón.
Cuando finalmente recuperé las agallas para moverme, me dirigí hacia el mostrador y comencé a rebuscar entre los restos del armario empotrado con manos temblorosas.
Al moverme de un estante a otro, noté el crujir y el susurro de cientos de hojas bajo mis pies.
A la luz de mi linterna descubrí un montón de expedientes de pacientes dispersos, sin orden ni cuidado.
Todo parecía basura a primera vista, y encontrar algo útil sería casi una quimera; aun así, no desistí y seguí peinando los estantes.
En uno de los últimos, al fondo, hallé un cajón corredero con sus guías todavía intactas: tiré de él para abrirlo.
Faltaban muchas fichas, pero fui pasando de separador en separador, aprovechando que estaban organizados alfabéticamente, con la esperanza de hallar alguna pista que mereciera la pena.
De pronto, un fuerte golpe resonó desde el pasillo, un sonido seco que rebotó contra las paredes y me erizó los pelos del cuello. Alumbré con la linterna, haciendo danzar su haz entre las sombras, pero no percibí más que figuras difuminadas que se retorcían y desaparecían en los rincones oscuros.
—¿Estás ahí Jorge? —pregunté.
El silencio me devolvió solo un eco largo.
Convencido de que la soledad y el miedo me estaban jugando una mala pasada, decidí ignorar cualquier cosa extraña que pudiera ocurrir a mi alrededor.
Tomé aire y centré mi atención en lo que buscaba: Guerau.
Me concentré en su inicial del apellido, Mauri, y comencé a saltar entre los nombres, uno tras otro, hasta que finalmente mi paciencia dio frutos.
Un solo folio asomaba en su fichero; coloqué la linterna sobre el mostrador para poder leerlo con claridad y examiné el documento con atención meticulosa.
Parecía un informe corriente, pero cada línea llevaba el peso de su vida: hablaba sobre el estado mental de Guerau, mencionando demencia y esquizofrenia, y enumeraba medicamentos con nombres imposibles de pronunciar.
Al pie del folio, la última línea destacaba el nombre de la enfermera encargada de su cuidado: Marta Garrido Aguilar.
No era mucho, pero al menos era un hilo de información tangible.
Doblé el informe con cuidado y lo guardé en el bolsillo interno de mi cazadora, sintiendo un leve alivio por tener algo concreto entre tanto caos.
Seguí rebuscando entre montañas de papeles, abriendo nuevos ficheros que, para mi frustración, no contenían nada sobre Guerau.
Empezaba a resignarme, convencido de que aquel lugar no ofrecería más pistas, cuando de repente un sonido distinto me sobresaltó desde detrás.
La linterna había quedado fuera de mi alcance, y al girarme, la oscuridad me envolvió; no pude discernir la forma ni la procedencia del ruido.
Un instante después, algo interfirió en el haz de luz, y antes de poder reaccionar, sentí un golpe seco y contundente impactando en el costado de mi cara.
El dolor me obligó a retroceder bruscamente; instintivamente, me lancé a cuatro patas, intentando alejarme lo más rápido posible mientras mi corazón golpeaba con fuerza contra el pecho.
Justo cuando creía que podría incorporarme, un nuevo golpe impactó con violencia sobre el costado de mi espalda, arrojándome de bruces al suelo.
El dolor era punzante, y el mareo del primer impacto aún me hacía tambalear.
Giré la cabeza con esfuerzo y, entre la penumbra y el sudor que me nublaba la vista, distinguí la silueta de una persona que sujetaba un objeto alargado con la mano derecha.
Esto ya no era una aparición ni un producto de mi imaginación: alguien estaba allí, dispuesto a matarme a golpes. La