Chapter 115
Pero no obtuve respuesta. El silencio era tan absoluto que podía escuchar mi propia respiración acelerada, cada exhalación golpeando en mis oídos.
Inspiré profundamente, dos veces seguidas, obligándome a recuperar el control, a domeñar los nervios.
Me sentía ridículo al reconocer que el miedo de Jorge me había contagiado; aquel zoquete había logrado incrustar en mí su paranoia.
Negando con la cabeza, decidí seguir adelante.
Retomé la subida con paso firme, aunque de vez en cuando los muros devolvían un rumor extraño, semejante al eco amortiguado de pisadas. Quise convencerme de que era solo la arquitectura del edificio jugando malas pasadas… pero en el fondo no estaba tan seguro.
Alcancé por fin la novena planta y, al abrirse ante mí, se extendió un pasillo largo que parecía una hilera interminable de habitaciones.
De pronto algo susurró junto a mi oreja: sentí un aliento caliente rozarme el lóbulo.
Me di media vuelta con tal brusquedad que casi pierdo el equilibrio.
La linterna trazó barridos compulsivos de un lado a otro; cada sombra se me antojaba una amenaza latente y cada recodo, más peligroso que el anterior.
La voz —imposible de identificar si masculina o femenina— pronunció con claridad una palabra que todavía me resonaba: « hijo de puta ».
Me toqué instintivamente el pecho, buscando el arma oculta bajo la cazadora, dentro de la pistolera.
Sentí cómo latía mi corazón con fuerza mientras intentaba recomponerme.
¿Estaba aquel edificio realmente embrujado o empezaba yo mismo a resquebrajarme?
Guié nuevamente el haz de la linterna hacia los laterales, escrutando hasta donde alcanzaba la luz, pero no vi nada que mereciera mi atención.
Avancé por el pasillo de la derecha, atravesando un puñado de habitaciones que se repetían como fotogramas deteriorados: un ventanuco, una cama destrozada, un váter sucio.
¿Sería aquella una ala de contención? Jóvenes vandálicos se habían aventurado hasta allí y habían dejado su firma en las paredes.
Las baldosas parecían querer levantarse del suelo y las racholas rotas yacían desperdigadas.
Observé las paredes: presentaban arañazos largos y manchas que sugerían sangre reseca.
Finalmente alcancé lo que, a simple vista, parecía una estancia común: un salón anegado de sofás a medio desmantelar y un amplio mostrador cuyos cristales y marcos yacían hechos añicos.
Detrás, apenas distinguible en la penumbra, adiviné a ver un armario empotrado de generosas dimensiones con varias portezuelas arrancadas, colgando torcidas o directamente ausentes.
Antes de avanzar, me detuve un instante para contemplar los ventanales —grandes, horizontales, entregados al exterior— que enmarcaban la noche.
Desde allí se apreciaba todo el patio y más allá, la ciudad de Terrassa brillaba salpicada de luces, como una constelación pequeña.
Supuse, con un escalofrío, que aquel era el lugar desde donde, en algún momento, se habían arrojado los pacientes para terminar con su vida.
Para evitarlo, habían colocado barrotes; sin embargo, faltaba la mitad de ellos —seguramente arrancados—, y la ausencia daba a la escena un aire de abandono y violencia.
Mientras me recreaba en la vista, un eco llegó desde la distancia: una voz masculina que se perdía en la oscuridad.
No supe discernir si se trataba de un lamento o un grito.
El miedo me clavó en el sitio. Me quedé paralizado, inmóvil, durante lo que calculé fueron dos minutos.
Además de aquella voz, juraría haber oído, mezclados con el eco,