Lucidez Chapter 114
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Chapter 114

—¡Concéntrate, maldita sea! —Lo tomé de los brazos, intentando infundirle calma

—. Aquí no hay nada más que polvo, chatarra y ratas de campo.

Mira, cuanto antes encontremos lo que buscamos, antes saldremos de este maldito agujero, ¿me entiendes?

Tú revisa esta planta. Yo subiré a la siguiente.

Si aquí no hay nada útil, pasa a la tercera, y luego a la quinta. Yo te esperaré en la última.

Mi compañero empezó a protestar pero no le di tiempo a formular la queja.

Me adelanté hacia la escalera y continué el ascenso, mientras lo escuchaba mascullar alguna maldición ahogada antes de perderse por uno de los pasillos laterales.

Al llegar al siguiente nivel, descubrí una sala común de proporciones considerables, delimitada por una mampara de cristales astillados que aún se mantenía en pie como una barrera rota.

Empujé la puerta de acceso; esta cedió con un temblor, y seguí una ralla amarilla difusa dibujada en el suelo.

Dentro, se desplegaba un escenario desolador: docenas de camas de hospital se alineaban en ruinas, todas deshechas, sus colchones reventados dejando escapar los muelles como costillas oxidadas.

El hedor a humedad y polvo estancado impregnaba el aire.

Al fondo, un escritorio macizo se erguía solitario, protegido por una estantería semivacía.

Me dirigí hacia allí y empecé a revolver entre los cajones, encontrando papeles amarillentos: registros clínicos, informes dispersos, listas de pacientes ordenadas alfabéticamente.

Con ansiedad busqué las iniciales de Guerau Mauri, pero no apareció nada que guardara relación.

Un pasillo contiguo conducía a varias habitaciones; las inspeccioné una a una, hallando únicamente camastros oxidados, restos de vendas, algún mueble cojo.

Nada de utilidad. El hospital era un monstruo de hormigón y silencio, y encontrar algo valioso entre aquel océano de escombros parecía casi imposible.

Regresé hacia la escalera y me detuve en el primer peldaño, tratando de distinguir el eco de los pasos de Jorge.

El aire me devolvió únicamente un vacío inquietante.

Elevé la linterna hacia el hueco ascendente y contemplé un laberinto de barandillas superpuestas que se perdían en lo alto como las fauces de una espiral interminable.

Tal vez mereciera la pena explorar la última ala, allí donde los periódicos aseguraban que algunos pacientes se arrojaban al vacío.

Inspiré hondo, dejando que el aire enrarecido me llenara los pulmones, y reanudé el ascenso, dejando atrás las plantas inferiores.

Me encontraba ya camino de la quinta cuando un sonido seco me heló la sangre: pasos que resonaban desde abajo.

¿Un simple eco multiplicado por las paredes o alguien siguiéndome de verdad?

Me quedé quieto, en tensión, y el ruido persistió unos segundos más, prolongándose como si alguien me imitara.

Iluminé hacia abajo en busca de Jorge, pero la oscuridad solo me devolvió barandillas retorcidas y sombras deformes.

Recorrí el hueco con el haz de la linterna y, de pronto, lo vi: una mano aferrada al pasamanos, pálida y fugaz, que en el mismo instante se retiró, escondiéndose.

—¿Quién anda ahí? —pregunté, alzando la voz.

Nadie contestó. Apreté los dientes, afinando el oído. Me pareció percibir unos sonidos lejanos, apagados, como murmullos atrapados en paredes huecas. No podía discernir si empezaba a imaginar cosas o si la soledad del edificio estaba jugando conmigo.

—¿Jorge? —llamé.