Chapter 113
inmóviles, contemplando aquel edificio colosal, oscuro y amenazador.
La naturaleza había comenzado a reclamar lo que le pertenecía: raíces y enredaderas reptaban sobre los cimientos, trepaban por los muros empapados de humedad, que se desconchaban como piel enferma cubierta de llagas.
El vandalismo también había dejado su huella: graffitis de colores violentos cubrían los paneles encalados, firmados por manos anónimas que habían hecho del abandono su lienzo.
Jorge y yo avanzamos despacio, subiendo los escalones que llevaban a la entrada principal.
De aquellas puertas apenas quedaba un marco oxidado y los fragmentos de cristal desperdigados por el suelo como dientes rotos.
El viento había arrastrado montones de hojas secas, que crujían bajo nuestro peso.
Giré la linterna hacia el interior y descubrí los restos de un viejo recibidor: asientos de piel rasgada, rellenos de espuma amarillenta que asomaba como vísceras, y justo enfrente una escalera que ascendía hacia la penumbra.
A la izquierda, un pasillo interminable se perdía en las sombras.
—¿Cuántas alas tiene este hospital? —preguntó Jorge, con voz insegura. El eco de sus palabras rebotó en las paredes desnudas, y aquel retumbe me erizó la piel.
—Ni idea —admití—. Solo sé que era enorme. Llegó a albergar a más de mil pacientes.
—Andrés, te lo digo en serio… ¿qué buscamos aquí?
—Archivos. Informes médicos, historiales clínicos protocolarios… cualquier cosa que nos dé una pista.
—Te sigo.
Jorge se pegó tanto a mí que casi me rozaba el brazo, encogido como un animalillo acorralado.
Lo observé de reojo antes de emprender la subida.
Coloqué la mano sobre la barandilla fría y oxidada, y comenzamos a ascender despacio.
El haz de la linterna abrió un corredor incierto hasta la primera planta.
Desde allí contemplamos la bifurcación de pasillos, sumidos en una negrura sin fondo.
De repente oímos un golpe metálico en la distancia, vibrando como un aldabonazo en nuestros pechos.
Jorge dio un salto hacia mí y casi me tira al suelo.
—¡Hay alguien aquí! —gritó, apretando la linterna con los dedos rígidos.
—No seas gallina —bufé—. Esto está plagado de ratas y animales, nada más.
Pero su linterna barrió las paredes y, en un destello fugaz, creí distinguir una silueta humana.
Jorge detuvo el haz de luz, y ambos contemplamos la sombra quieta, oscura, que parecía observarnos.
Su pulso temblaba tanto que la figura pareció moverse hacia un lado.
Lo reconozco: el miedo me atravesó como un cuchillo helado.
—¡Joder! —soltó Jorge.
—Tranquilízate, coño. Vas a terminar contagiándome tu paranoia.
—¿Pero lo has visto? ¡Dime que lo has visto!
—Yo no he visto nada —mentí, porque no podía permitir que su terror me arrastrara también a mí.
Para evitar que su miedo se hiciera dueño de la situación, propuse con firmeza:
—Vamos a separarnos. Así cubriremos más terreno.
—¿Qué? —Jorge abrió los ojos como platos, la cara congestionada por el pánico—.
¡Yo no me muevo de tu lado ni harto de vino!