Chapter 112
—No podemos merodear por ese lugar a plena luz del día. Además, ambos hemos tenido ya nuestros roces con la policía, y no quiero añadir un nuevo delito a mi historial.
—Yo no quiero ir —masculló mi ayudante, encogiéndose en la silla. Por un instante casi parecía un chiquillo asustado.
—Anda, hombre, será divertido —dije con una sonrisa, intentando arrastrarlo a mi entusiasmo—. ¿Dónde has dejado tu sentido de la aventura?
—Seguramente en cualquier parte, menos en un hospital encantado —replicó Jorge.
—No seas supersticioso. Tómate el día libre y nos vemos aquí a las ocho de la tarde.
El reloj marcaba las nueve menos cuarto cuando el Opel Kadett se internó en la antigua estación de aparcamiento del hospital del Tórax de Terrassa.
Para alcanzar aquel lugar habíamos atravesado la ciudad por pleno centro, avanzando rambla arriba hasta toparnos con la riera de las Arenas.
Desde allí continuamos sin desvíos, siguiendo el cauce como si este nos guiara de forma inevitable, hasta llegar al barrio de Can Montllor, donde una hilera de grúas vigilaba la construcción de nuevos bloques de viviendas.
Después proseguimos rumbo norte por una carretera castigada por demasiados amaneceres, tan maltratada y olvidada que el asfalto había cedido y los adoquines emergían como viejas cicatrices al aire libre.
El hospital se alzaba frente a nosotros con la solemnidad de un templo maldito iluminado por la luna, sombrío y perverso, un monumento a la enfermedad y a la muerte.
Mi ayudante chasqueó la lengua con desaprobación, y sus ojos me observaron con una mezcla de súplica y reproche.
Aparqué el coche a cierta distancia de la entrada y apagué el motor.
El silencio de la noche se nos echó encima como un sudario: apenas roto por el canto monótono de unas chicharras y el chirrido esporádico de algún grillo solitario.
No soplaba ni una pizca de viento, y la penumbra resultaba casi absoluta, como si la propia oscuridad se resistiera a ser vulnerada.
Saqué de una bolsa dos linternas y le tendí una a Jorge, que la recibió con desgana, como quien acepta un objeto maldito.
—En serio te digo, no quiero entrar —repitió con voz temblorosa—. Este sitio me da mala espina. Cuentan que aquí los muertos se aparecen sin previo aviso.
—Aquí no hay nada —repliqué—. Solo viejos recuerdos, polvo y material dejado a su suerte.
—¿Y entonces qué esperas encontrar?
—El hospital fue abandonado hace dos años, pero una de sus alas fue trasladada recientemente. Puede que aún conserve algún rastro que nos conduzca hasta Guerau Mauri.
—No lo entiendo. ¿De verdad esperas tropezarte con una flecha luminiscente que nos diga dónde buscar?
—Hombre de poca fe.
Abrí la puerta del Kadett y descendí lentamente.
Jorge permaneció inmóvil en el asiento del copiloto, con la cabeza hundida entre los hombros como si quisiera desaparecer.
Golpeé con los nudillos el cristal de su ventanilla y le hice un gesto con la cabeza.
Tras lanzarme una mirada cargada de reproches, terminó por ceder y bajó del vehículo a regañadientes.
Encendimos las linternas y permanecimos unos segundos