Chapter 109
Como la distancia no era excesiva, me dirigí caminando hasta la calle Galileu, al número diecisiete, donde se encontraba un comercio especializado en restauraciones.
Al entrar, fui recibido por una joven muy amable, que me atendió con un catalán impecable.
Le expliqué que pretendía llevar a cabo una restauración integral de una vivienda situada en el barrio de San Lorenzo.
—¿Qué tipo de reforma desea realizar? —preguntó.
—Una completa, de arriba abajo.
—¿Quiere incluir la renovación de la instalación eléctrica y de la fontanería?
—Deseo cambiarlo todo por completo —insistí—. Baldosas del suelo, iluminación, pintura, muebles nuevos, cocina, comedor, dormitorios y baño incluidos.
—Debería hacerle un presupuesto completo....
—A grandes rasgos, ¿cuánto podría suponer, más o menos?
—A ojo de buen cubero, diría que alrededor de dos millones de pesetas —contestó.
—¿Qué necesita para poder empezar a trabajar? —pregunté luego de pensarlo.
—Únicamente la dirección de la vivienda, las llaves y que usted rellenase unos formularios. Al finalizar la obra, le entregaremos la factura, pero antes será necesario abonar al menos un diez por ciento del coste como anticipo.
—No se hable más.
No tenía intención de regresar a mi antiguo hogar, pero quería dejarlo en perfectas condiciones para Anabel.
La casa estaba en un estado deplorable y llevaba demasiado tiempo deshabitada.
Evidentemente, requería una reforma integral, y ahora que podía permitírmelo, no pensaba desaprovechar la oportunidad.
Personalmente, yo continuaría residiendo en el despacho, un lugar donde podía atender a la clientela y que, además, estaba estratégicamente situado cerca de las administraciones más importantes de la ciudad.
Además, me faltaba valor para enfrentar los recuerdos dolorosos que se habían acumulado entre las paredes de nuestro antiguo hogar.
Pasé gran parte del día escogiendo el mobiliario, los modelos de baldosas, los accesorios de la cocina, los sanitarios del cuarto de baño y hasta la paleta de colores con la que daría nueva vida a las paredes.
Conviene destacar que la muchacha que me atendió demostró tener más paciencia que un santo, y la calidad de la atención fue, sencillamente, extraordinaria.
A las siete de la tarde acudí a reunirme con un cliente con el fin de concretar un asunto pendiente, y una hora más tarde ya me encontraba de regreso, caminando hacia el despacho.
Al entrar, descubrí sobre la mesa una nota escrita a mano por Jorge.
En ella manifestaba no haber hallado rastro alguno del tal Guerau en el registro civil.
No obstante, al pie de página había añadido una acotación reveladora: quizás había dado con una pista en la hemeroteca.
Confieso que nunca tuve demasiadas esperanzas de encontrar información en los registros de Terrassa, ya que Vincent aseguraba haber encontrado aquella cosa en las inmediaciones de Puigcerdà.
Por eso resultó tan inesperado, y a la vez alentador, que Jorge hubiera logrado abrir una vía en la hemeroteca, lo que confirmaba que mi ayudante era un recurso mucho más valioso de lo que yo mismo había llegado a imaginar.
A la mañana siguiente me encontraba disfrutando del primer café del día y del inevitable cigarro que lo acompañaba, cuando Jorge apareció por la puerta con una