Chapter 108
—Gue-rau Mau-ri —repitió él, arrastrando la lengua—. Si no encuentro nada, puedo investigar en la hemeroteca municipal.
—Buena idea —concedí mientras me enfundaba la cazadora. A continuación abrí la puerta y, antes de marcharme, añadí—: No me esperes hoy; tengo mucho trabajo por hacer.
—Tranquilo jefe, te dejaré anotado todo lo que averigüe.
No mentía cuando dije que deseaba avanzar en los casos de mis otros clientes, pero ciertamente también necesitaba realizar unos encargos personales.
A media mañana me dirigí hacia La Caixa de la calle del Raval de Montserrat para ingresar el cheque de diez millones de pesetas que me había adelantado Vincent.
Es increíble lo mucho que puede cambiar el trato hacia una persona dependiendo del dinero que posea.
En cuanto notifiqué a la administrativa de la entrada de la sucursal cuáles eran mis intenciones, procedió a telefonear al director, que se ubicaba en un despacho al fondo, y este me invitó a pasar, con florituras y aspavientos incluidos.
—Nunca había visto uno como este —profesó el muy lameculos, levantando el cheque a contra la luz de la lámpara—. La persona que se lo ha entregado debe tener mucho dinero. No suele ser habitual. Está usted de suerte.
—No creo que la suerte tenga nada que ver en esto —respondí, dejando que mi tono transmitiera cierto desdén.
—Ah bueno, no todos los días le cae a uno diez millones de pesetas del cielo.
—¿Y quién le ha dicho a usted que ese dinero es regalado?
—Ya entiendo. La meritocracia y esas cosas —añadió con retintín—. ¿Qué piensa hacer con tanto dinero?
—Había pensado gastármelo en coca, barcos y putas, en ese orden —aduje con ironía—. Quiero que lo ingrese en mi cuenta y haga un depósito de cinco millones de pesetas a nombre de Anabel Pastor.
—¿Es su hija la beneficiada?
—Así es.
—Qué suerte tienen algunos —murmuró, y al ver mi mirada de desprecio, añadió rápidamente—. Requeriré de su documentación personal, ya sabe, un DNI o un pasaporte.
—¿Admite una fotocopia?
—Sí, no hay ningún problema. En cualquier caso, si fuera necesario retirarlo, bastaría con mostrar la documentación pertinente.
Ya hacía varios días que le había solicitado a Carlos que me facilitara los papeles de Anabel.
Ignoro cuánto esfuerzo le habría costado conseguirlos, pero finalmente terminó entregándome una fotocopia del DNI.
Sin pérdida de tiempo, procedí a entregarle el documento al director, quien, tras introducir los datos en el ordenador, me dedicó una sonrisa cargada de falsa cortesía.
Acto seguido, me hizo rellenar y firmar varios formularios, y en cuanto terminé, salí de allí a toda prisa.
No deseaba seguir compartiendo el mismo aire que aquel individuo envidioso y despreciable, cuya moralidad dejaba mucho que desear.