Lucidez Chapter 107
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Chapter 107

—¿Qué intenta decirme? —pregunté, inclinándome ligeramente, intentando captar cualquier pista en su expresión.

—Que ya tiene su nombre. Confío en que sabrá cómo proseguir —respondió Vincent, dejando el aire cargado de expectativa, misterio y una amenaza sutil.

La codicia del hombre puede ser perniciosa.

Casi contra mi propia voluntad, acepté el encargo de aquel lunático con alma de filósofo y me dije que a caballo regalado no le mires el diente.

Para qué negarlo: quien no se consuela es porque no quiere, y en este caso imaginarme con veinte millones de pesetas en el bolsillo despertó mi avaricia más primitiva, aun cuando sabía que aquel asunto solo podía acarrearme problemas y dolores de cabeza.

Antes de marcharse, Vincent me comunicó que, llegado el momento, enviaría a alguien para que le informara de cualquier novedad que surgiese y que, en cualquier caso, podría encontrarlo en la plaza Nueva, donde había instalado el circo hasta dar con lo que había perdido.

—Este año hemos adelantado el espectáculo y nos hemos trasladado antes de hora — había dicho con aquella sonrisa enigmática—. No nos moveremos hasta dar con mi hombre.

Dios bendito… llamar —hombre— a la cosa que me encontré en el número siete de la calle Roig y Ventura era cuanto menos percibir la realidad de manera surrealista.

Aquella cosa había acabado con ocho personas y las había devorado como si fueran simple carnada.

Además, su aspecto no se parecía en absoluto al de un ser humano, ni siquiera primitivo.

O bien Vincent tenía un concepto extraordinariamente abstracto de lo que se podía considerar humano, tal y como él mismo había señalado, o directamente había perdido el juicio.

El hecho es que debía encontrar a su “ mascota ”, y hacía especial hincapié en que la quería recuperar con vida.

Sin ser consciente de ello, acababa de meterme en un embrollo de tres pares de pelotas.

Antes de iniciar la investigación para mi nuevo y peculiar cliente, debía dar por concluidos los casos que ya había aceptado. A la mañana siguiente fui despertado por Jorge, que tras abrir la puerta del trastero entonó alegremente:

—¡Buenos días jefe! ¿Se te han pegado las sábanas esta mañana?

—Por favor, baja la voz —imploré, sintiendo un terrible dolor de cabeza. Justo después de la visita de Vincent, había decidido terminar buena parte de la botella de whisky restante—. He pasado una mala noche.

—Aquí huele a butanero y a bar. ¿Te montaste tu propia fiesta?

—Algo así —repliqué, poniéndome en pie—.

Escucha, tengo algo que encargarte. — Recogí un jersey del ropero improvisado y me lo eché por encima—.

Hoy tengo que notificar al cliente al que le robaron el coche que ha sido encontrado en San Andrés de la Barca, así que pasaré la mañana fuera.

Necesito que te acerques al registro civil y busques un nombre, a ver qué encuentras.

—Claro —ofreció Jorge, extrayendo una libretita y un lápiz del bolsillo trasero del pantalón.

—Buscamos a un tipo llamado Guerau Mauri, apúntalo bien.