Chapter 106
—Sea lo que sea ese animal, es peligroso —dije con firmeza—. He visto de lo que es capaz, así que olvídese. Además, si ha perdido algo, debería denunciarlo a las autoridades en lugar de recurrir a un detective privado.
—No puedo enunciarlo sin más a los agentes de la ley, a saber qué harían con él. Además, no estamos hablando de un animal —dijo Vincent, apoyándose en la mesa con un aire de misterio calculado.
—¿Ah no? ¿Entonces qué es?
—Un hombre —respondió con una sonrisa que me erizó los pelos de la nuca—. Lo encontré hace muchos años en la frontera con España, cerca de Puigcerdà, alimentándose de la fauna local y del pastoreo.
—No puede ser un hombre. No sé qué es lo que vi, pero no parecía humano.
—Créame, don Andrés, es un hombre —afirmó Vincent, con una convicción que helaba la sangre—, aunque mucho me temo que ha perdido la cordura y se ha deshumanizado casi por completo.
—Si es un hombre, tendrá un nombre de persona supongo.
—Por supuesto. Se hacía llamar Guerau Mauri.
—Un nombre y apellido muy catalán. Interesante. Sin embargo, debo declinar su propuesta. Como ya le dije, sé de lo que es capaz este… ¿cómo decirlo? Humano peculiar. No creo que sea un trabajo para un detective.
—Estoy dispuesto a entregarle una gran suma de dinero, don Andrés, más del que ha visto jamás en su vida.
—En realidad, ahora mismo el negocio va viento en popa, señor Vincent. Me temo que no me encuentro tan necesitado como para aceptar el caso.
Traté de aparentar seguridad, aunque por dentro mi mente comenzaba a calcular, a imaginar.
Vincent se reclinó hacia delante, y sentí que una sombra pesada caía sobre mí, como si un depredador acechara detrás de sus ojos.
Con un movimiento grácil, extrajo de su bolsillo un talonario, lo colocó sobre la mesa y, rescatando uno de mis bolígrafos, escribió una cifra con pulso firme.
Al terminar, giró la hoja hacia mí y me encontré con la suma inscrita:
—Diez millones de pesetas, don Andrés. Y le pronostico otros diez al terminar el trabajo —dijo con calma, dejando que el silencio hiciera el resto.
Me quedé sin palabras. Tenía razón: era una cifra que nunca había visto, una suma capaz de transformar cualquier proyecto o conceder cualquier deseo.
Resolvería la vida de Anabel y mucho más.
Guardé silencio, pensativo. Vincent seguía sonriendo, la rigidez de su figura parecía la de una estatua de cera a punto de derretirse bajo la luz del despacho.
—Es una oferta tentadora, sin duda —concluí finalmente, tratando de medir mi voz
—. Ahora bien, digamos que hipotéticamente acepto el caso. ¿Por dónde debería empezar a buscar?
—¡Chercher midi à quatorze heures! —exclamó él, como si revelara un secreto ancestral—. De ahí que le haya contactado a usted. Yo no soy investigador, solo sigo evidencias cuando me las dan. Usted es el experto en encontrar secretos a la fuga.