Chapter 105
—Escuche, don Andrés —empezó con voz grave y medida—.
Aquí donde me ve, provengo de una dinastía de feriantes que ha recorrido Europa durante los últimos cien años —dijo, como si recitara un guion memorizado, con la mirada fija en un punto indeterminado de la habitación, haciendo que cada palabra sonara deliberada y calculada.
—Curioso —respondí, sintiendo que algo en su relato estaba fuera de lugar—. ¿Y qué hace usted en la ciudad de Terrassa?
—Nos hemos instalado en la plaza Nova, en la Maurina —contestó con voz pausada y elegante—.
Cada año finalizamos la ruta aquí, luego de haber recorrido toda Europa.
Sepa usted que nuestro circo se remonta al siglo XIX y ya entonces ofrecíamos un espectáculo inigualable.
¿Conoce usted a los famosos rieles de Cartagena?
Aquellos malabaristas se coronaron como los mejores de Grecia.
Fueron entrenados por mi abuelo, Bastian Laurent de Corse, un gran feriante, y, permítame añadir, contrabandista de renombre.
—No tengo la suerte de conocerlo, disculpe.
—No importa, mi buen amigo. Sepa que siempre hemos ofrecido al público experiencias que van más allá de lo común, incluso visiones de lo antinatural, si me entiende —respondió con un dejo teatral.
—No lo sigo —repuse.
—Me refiero a maravillas que trascienden lo mediocre.
El mundo está lleno de secretos que desean ser descubiertos, criaturas, por así decirlo, que desafían toda lógica.
Yo siempre he estado interesado en invertir en estas anomalías de la naturaleza, aquellas capaces de ofrecer un espectáculo que nos permita contemplar la quintaesencia de las pesadillas —su voz resonaba con un timbre hipnótico, cargado de convicción y misterio.
El tal Vincent se expresaba con demasiadas florituras para mi gusto, pero era innegable que se trataba de un hombre de recursos y buena posición.
Pensé que al menos valía la pena escuchar lo que tuviera que proponer. Dejando el puro sobre el
cenicero, crucé las manos y dije:
—Creo que tiene usted algo algo que proponerme, ¿no?
—La fama le precede, bon ami —replicó con un leve gesto de complicidad.
—Le escucho.
—Mire —empezó, dejando que cada palabra cayera con cuidado—, hace un año perdí un activo valioso en estas tierras, algo que me pertenece. De hecho, había perdido la esperanza de recuperarlo, pero un pajarito me ha informado que usted ha tenido un encuentro reciente con él.
Me removí incómodo en la butaca. ¿Estaba hablando de aquello que encontré en Can Tusell? De ser así, aquel hombre había perdido totalmente el juicio.
—¿Colecciona usted… monstruos? —inquirí, conteniendo la incredulidad.
—Colecciono cosas peculiares, si prefiere un enfoque más artístico —contestó con la serenidad de quien no admite réplica.
—Corríjame si me equivoco, pero creo que me está proponiendo encontrar esa cosa.
—Está usted en lo cierto, pero debo puntualizar: no se trata de una simple cosa — repuso, dejando la frase suspendida en el aire como un presagio.