Chapter 104
—Hoy salgo a bailar —respondió, marcándose un breve paso de tango con aire divertido—. Voy a celebrar el primer mes de noviazgo con Paula. Primero iremos a cenar y luego a mover el esqueleto.
—Tú no te aburres —dije con una sonrisa cansada—. Diviértete.
—Y tú no trabajes demasiado, jefe —replicó guiñándome un ojo.
Lo observé cruzar la puerta con esa energía renovada que en otro tiempo jamás habría imaginado en él.
Una vez solo, volví a sumergirme en el itinerario de un viejo almacén que llevaba semanas sufriendo robos.
Estaba tan absorto en las notas que apenas advertí el ruido del picaporte.
La puerta volvió a abrirse y, sin apartar la mirada de los papeles, bromeé con ligereza:
—¿Te has arrepentido y vuelves para pasar la noche conmigo?
—Pues verá, si usted me lo propone lo mismo me lo replanteo —contestó una voz desconocida, impregnada de un marcado acento francés.
Levanté la mirada y me encontré frente a un hombre de unos cincuenta años, de estatura mediana y un largo bigote engominado que le daba un aire anticuado y elegante a la vez.
Pero fueron sus ojos los que captaron mi atención: negros, profundos, como dos abismos que parecían engullir todo lo que miraban, una oscuridad en la que uno podía perderse y jamás regresar.
El desconocido avanzó hacia mí con paso firme y medido, y tuve la extraña sensación de que el aire retrocedía ante su sola presencia. Era como si una imagen hubiera rebotado en el tiempo y se materializara frente a mí. Por fin, dejé de sostener la respiración y pregunté:
—¿Quién es usted?
El tipo se paseó por el despacho como Pedro por su casa, deteniéndose a admirar mis cosas: las fotos enmarcadas, los cuadernos apilados, la estantería de libros polvorientos.
Recogió de la mesa el marco con la fotografía en la que aparecíamos Maribel, Anabel y yo, y la examinó con una intensidad que casi se podía palpar.
—Una familia preciosa —sentenció, arrastrando las palabras con un deje extranjero que las hacía sonar lentas y deliberadas.
Depositó el marco en su lugar, se dio media vuelta y continuó—.
Me llamo Vincent Laurent, y tengo grandes esperanzas puestas en usted.
Me encuentro aquí para proponerle un acuerdo.
—Discúlpeme señor Vincent, pero esto es una agencia de detectives.
—Sí, lo sé —respondió él, aproximándose a un estante donde reposaba una botella de whisky Bellovoye que me había regalado un cliente—. ¡Avoir le compas dans l’œil!
¿Puedo servirnos una copa? Es un whisky de mi tierra.
—Adelante —lo apremié con un gesto de la mano, curioso por su audacia.
Con movimientos medidos y elegantes, Vincent retiró el amplio corcho, vertió dos dedos en un par de copas decorativas que combinaban con la botella y me ofreció una de ellas.
Tomé el licor con un leve gesto de respeto.
Luego, con un movimiento de muñeca que denotaba costumbre, sacó de un bolsillo de su chaqueta de cuero marrón, rematada con pelambrera blanca en las muñecas, dos puros.
Me ofreció uno y encendió el suyo. Aspiramos el humo unos segundos, mezclando su aroma con el toque ahumado del whisky, mientras el primer trago me quemaba la garganta con un placer extraño y estimulante.