Chapter 103
—Por favor —dije entonces, con un nudo en la garganta—, cuéntame cómo es mi hija.
Durante las dos horas siguientes, Ángela me relató pasajes de la vida de Anabel como si estuviera abriendo un cofre lleno de tesoros: habló de la niña risueña que pasaba horas pintando paisajes imposibles, de la adolescente aplicada que destacaba en los estudios, de la joven que soñó con ser policía como su padre pero terminó inclinándose por la abogacía.
Describió sus manías, sus talentos, sus momentos de luz y de sombra.
Yo la escuchaba con los codos apoyados en la mesa, sosteniendo el vaso vacío entre las manos, devorando cada palabra como si se tratase del último eslabón que me unía a mi propia sangre.
—Es muy lista, Andrés, y se le da de maravilla resolver acertijos. Se parece mucho a ti, más de lo que crees.
A continuación me relató cómo Anabel acudía siempre a visitarla, cómo la ayudaba a hacer las compras y se ocupaba de las tareas del hogar con un esmero impropio de su edad. No se limitaba a estar pendiente de ella: la trataba como a una verdadera abuela.
—En el fondo, creo que me considera su yaya. Mira, fíjate en esa foto de ahí.
Alcé la vista y recogí de un estante un marco en el que podía verse a Anabel abrazando a Ángela, ambas sonrientes.
La imagen me golpeó en el corazón con la fuerza de un martillo.
Sentí que un nudo me apretaba la garganta y que las lágrimas amenazaban con asomar.
Verlas juntas, tan felices, me resultó extraño y doloroso a la vez.
Eran, sin duda, las dos personas que más me importaban en este mundo, unidas de alguna forma por mí, incluso durante los años en que estuve ausente, cuando más me necesitaban.
Ángela hizo avanzar su silla hasta acercarse y, al mirarla, mis ojos se tornaron vidriosos.
—Deberías contactar con ella —dijo con un hilo de voz, como si le costara reunir el aire suficiente para pronunciar aquellas palabras.
—Lo sé… —respondí bajando la mirada—. Pero aún soy demasiado cobarde.
—Escucha, Andrés. —Ángela me tomó de la mano con la fuerza que le permitía su edad y yo me incliné hasta quedar a su altura—.
Ya soy vieja, pero todavía me queda sabiduría para darte algún buen consejo.
Si no retomas la relación con tu hija, te arrepentirás el resto de tu vida.
No tengas miedo de dar el paso. Lo único de lo que podemos arrepentirnos de verdad es de aquello que dejamos de hacer.
Guardó silencio unos segundos y sus ojos se humedecieron antes de añadir:
—Anabel quiere a su padre, aun cuando cree que está muerto. No la prives de conocerte, Andrés. Ella merece saber la verdad.
Una noche me encontraba revisando unos documentos cuando Jorge se acercó a mi mesa para despedirse.
Llevaba puesto un abrigo con mucha clase, unos vaqueros modernos y unos zapatos elegantes que brillaban recién lustrados.
A decir verdad, parecía otra persona: alguien adaptado a la sociedad moderna y ajeno al hombre desaliñado que había conocido apenas unos meses atrás.
—¿A dónde vas tan guapo? —pregunté, levantando apenas la vista.