Lucidez Chapter 102
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Chapter 102

sabiendo de sobra que eran dos de sus mayores debilidades.

Al llegar a su casa llamé al timbre. Tardó más de lo habitual en abrir, y cuando finalmente la puerta se entreabrió, descubrí a Ángela postrada en una silla de ruedas.

Sus ojos, pese al cansancio, se iluminaron con un brillo sincero de alegría.

Me incliné para abrazarla y le planté un beso en la mejilla sonrosada.

—Pasa, hijo, pasa —dijo apartándose despacio, haciendo girar las ruedas de la silla con cierta dificultad.

Entré en el comedor y la observé avanzar con paciencia hasta situarse junto a la mesa. La radio sonaba en un rincón, la inconfundible voz de Justo Molinillo desde la emisora TeleTaxi. Giró la ruedecilla del aparato hasta bajar el volumen y me regaló una sonrisa traviesa.

—¿Qué me traes? —preguntó.

—Unos bombones y un poco de horchata.

—Tú sí que sabes mimar a una anciana. Anda, vé a buscar unos vasos y tomamos un poco.

Sonreí, dejé la caja sobre la mesa y me encaminé hacia la cocina.

Allí me recibió el murmullo del hervor: una olla sobre los fogones dejaba escapar nubes de vapor que olían a col, zanahoria y otras verduras cociéndose a fuego lento.

El aroma del caldo me transportó de golpe a los inviernos de mi niñez, cuando los guisos parecían tener el poder de calmarlo todo.

Permanecí unos segundos respirando aquel recuerdo antes de coger dos vasos limpios del fregadero.

—Me han dicho que últimamente has tenido algunos achaques —comenté en voz

alta.

—Bueno, hijo… ¿qué te voy a contar? —me respondió con la boca llena.

Me eché a reír en silencio. Ya me imaginaba que estaba probando los bombones antes siquiera de compartirlos. Al regresar al comedor confirmé mi sospecha: la caja acusaba la falta de tres piezas.

—Me alegra que te gusten —dije mientras descorchaba la botella de horchata y llenaba ambos vasos.

—No sé qué me pasa, pero cuanto más vieja me hago, más ansío el azúcar.

Me senté frente a ella, observando cómo apuraba un largo sorbo, y aproveché la calma del momento para soltar lo que llevaba tiempo guardado.

—Veo que tú y Anabel habéis hecho buenas migas —dije sin rodeos.

—Te lo ha contado Carlos, ¿no?

—Así es.

—No sé qué esperas que te diga… Estuve cuidándola por un tiempo y…

—No hace falta que te justifiques —la interrumpí, alzando una mano—. Te estoy muy agradecido, Ángela. Has estado siempre ahí cuando más lo necesitaba.

Ella me miró con ternura, aunque frunció un poco el ceño antes de replicar:

—Menos mal que no te has molestado, porque si no te hubiera dado un buen pescozón por irresponsable.

Ambos estallamos en una risa suave, cómplice, la clase de carcajada que solo dos almas curtidas en los mismos recuerdos pueden compartir.