Chapter 101
—Tu cometido será realizar recados y atender llamadas telefónicas —proseguí con tono serio—.
Delegaré en ti aquellas tareas que yo no pueda asumir, ya sea porque me encuentre ocupado o porque esté enfrascado en una investigación.
En cuanto disponga del capital necesario, te daré de alta en la seguridad social y empezarás a cotizar como cualquier ciudadano de a pie.
—Puedes confiar en mí —afirmó él con vehemencia, tomándome ambas manos—.
Conozco Terrassa como la palma de mi mano. No te defraudaré.
En un movimiento seco retiré mis manos, las alcé en el aire y, recordando las palabras del inspector Pedro, le espeté:
—Sin mariconadas.
Jacky, ergo Jorge, resultó ser un tipo peculiar: un hombre menudo, pero con un don de gentes envidiable y una mente lo bastante astuta como para venderle una mentira a un abogado curtido.
Lo primero que hice fue entregarle algo de dinero para que dejara atrás aquel aspecto andrajoso, casi sacado de la posguerra, y se vistiera como alguien de nuestro tiempo.
Durante la semana siguiente le enseñé rudimentos de informática y algunos procedimientos básicos: ir a la copistería a sacar duplicados de documentos, realizar gestiones en el registro civil y otros trámites que podrían servirnos más adelante.
Poco después nos lanzamos a la búsqueda de nuevos casos, y no tardaron en aparecer clientes dispuestos a confiar en nuestros servicios.
Para mi sorpresa, Jorge demostró ser de gran ayuda, no solo porque cumplía diligentemente cada encargo, sino porque durante mis ausencias era capaz de atender todas esas llamadas que antes se perdían por falta de tiempo.
Pronto empezamos a acumular expedientes y tuve que afilar aún más mis dotes detectivescas para resolverlos con la mayor rapidez posible.
No me quejaba, claro, aunque más de una vez me vi lidiando con dos casos al mismo tiempo.
A los pocos meses logramos facturar más dinero del que jamás había visto en mi oficio.
Por su parte, Jorge estaba exultante: al fin cotizaba en la seguridad social, como cualquier hombre respetable. Con su primer salario buscó un techo propio y acabó mudándose a un pequeño estudio en el barrio del Siglo XX, en Terrassa.
Debo reconocer que su compañía no me vino nada mal.
Contra todo pronóstico, Jorge resultó ser un buen hombre, curtido a golpes por una vida que lo había obligado a redimirse a fuerza de penitencias.
De vez en cuando nos escapábamos a tomar una copa, a saborear los pequeños placeres que todavía nos concedía la existencia.
Incluso se echó una novia, a la que de vez en cuando invitaba a cenar.
En una de esas charlas, entre humo y vasos medio vacíos, Jorge me dijo:
—Deberías buscarte una buena mujer que te haga compañía. Siempre estás muy solo, Andrés. Te vendría bien encontrar el amor. Ya sabes: cada oveja con su pareja.
—Loro viejo no aprende a hablar —repliqué siguiendo con lo del refranero popular
—. Para mí ya es demasiado tarde, Jorge. Además, no tengo tiempo para meterme en líos de faldas que siempre terminan mal.
Una mañana de domingo me acerqué a visitar a Ángela. Llevaba meses sin verla y, según me había comentado Carlos, andaba algo delicada de salud. De camino pasé por la Jijonenca y compré una caja de bombones y una botella de horchata bien fresca,