Chapter 100
—Pobrecito —recité, dejando que la ironía impregnara cada sílaba.
—Mira Andrés, hice muchas tonterías de joven, pero pagué con creces por todas ellas. Pasé demasiados años de mi vida entre rejas, y por un crimen que no cometí. Así que ahórrate la falsa moral.
—Eres culpable, Jacky, igual que yo. Ambos estuvimos allí, y en muchos otros sitios. Hemos estado pagando, lo queramos o no, por todo el daño causado… y también por lo de aquella chica. Es la vida cobrando su deuda.
—Lo que tú digas. —Jacky hizo ademán de levantarse—. Solo quería acercarme porque aún conservo buenos recuerdos contigo. Si te he molestado, te pido disculpas. Ya me voy.
Se incorporó despacio, una sombra deslucida de lo que había sido. Lo observé marcharse y pensé en lo absurdo de todo aquello: ¿puede un monstruo sentir compasión por otro monstruo? Yo también cargaba con mi propia lista de atrocidades, así que no era quién para juzgarlo.
—Jorge —lo llamé, esta vez usando su verdadero nombre—. Siéntate, por favor.
Se detuvo, me lanzó una mirada cargada de recelo y, tras una breve pausa, obedeció.
—¿A qué te dedicas ahora? —quise saber.
—Reparto propaganda a domicilio. No tengo seguro ni contrato, pero al menos me permite sobrevivir. Nadie quiere contratar a un expresidiario.
—Sí, lo sé demasiado bien. ¿Tienes dónde vivir?
—Me alojo en la casa derruida de Cal Massacs, en la antigua rambla de Bárbara Roich. No es gran cosa, pero los municipales me permiten quedarme allí siempre y cuando no cause problemas.
—¿Y qué hacías por aquí, tan lejos de San Lorenzo?
—Pasaba de camino a repartir folletos cuando te he visto a través del cristal. He dejado el carro en la puerta.
Crucé las manos sobre la mesa y, mientras lo observaba, una idea empezó a tomar forma. Podría ser un movimiento que nos beneficiara a ambos. Después de todo, pensé, todo el mundo merece una segunda oportunidad.
—Voy a proponerte algo —dije suavizando el gesto—. Estoy trabajando como detective privado.
—Vaya, que buen oficio te has buscado.
—Sí, aunque la cuestión es que tal vez necesite ayuda. Podrías trabajar conmigo, como ayudante.
—¡Eso sería estupendo! —exclamó, casi iluminado.
—No tan rápido, Jorge —lo frené levantando una mano—. Ahora mismo no tengo ningún caso entre manos, así que no puedo prometerte nada todavía.
—¡No importa, yo hago…!
—Espera, espera. Hagamos las cosas bien, ¿de acuerdo?
Jorge asintió en silencio, pero una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. Y ver aquel brillo infantil encendiéndose en sus ojos me enterneció el alma, aunque no quise admitirlo en voz alta.