Lucidez Chapter 98
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Chapter 98

humanidad en el corazón, y no iba a despojar a una viuda de los escasos ahorros acumulados con tanto esfuerzo durante su vida.

Desgraciadamente, aquello me dejó sin ocupación por un tiempo.

Durante los días siguientes no apareció ningún cliente y me dediqué a rastrear posibilidades en las secciones de anuncios de distintos diarios locales y comarcales.

Hasta entonces no me había ido del todo mal, pero sabía que las reservas económicas se evaporarían pronto, así que necesitaba con urgencia un nuevo caso que me devolviera a la rutina.

Fue una mañana de miércoles cuando, sentado en el bar Rambla, me encontraba bebiendo un café aguado mientras ojeaba distraídamente La Vanguardia .

En ese instante, un hombre se detuvo justo frente a mí.

Apenas percibí su silueta levanté la cabeza, y mis ojos se toparon con un individuo que rondaría los cuarenta y largos, el cabello entrecano, vestido con ropas desaliñadas y gastadas en los codos y las rodillas.

Resultaba curioso: pese a su aspecto descuidado, se notaba que había intentado peinarse con esmero, como quien busca aparentar dignidad donde ya no queda demasiada.

Llevaba la barba rasurada, pero en su rostro se adivinaba un cansancio profundo, una tristeza acumulada en las ojeras.

Incluso desde mi asiento alcanzaba a percibir el olor contradictorio de una colonia rancia mezclada con el sudor de varios días.

—¿Puedo ayudarlo? —pregunté, incómodo al notar que me observaba con una insistencia casi espectral. Por un momento, juraría que me miraba como si hubiese visto un fantasma.

—¿De verdad eres tú, Andrés? —dijo al fin, con voz incrédula.

Lo estudié con detenimiento, tratando de encajar sus facciones con algún recuerdo, pero mi memoria no arrojaba nada claro. Quizá debería haber supuesto que el pasado volvería una y otra vez para darme caza, un destino del que es imposible huir, por mucho empeño que uno ponga.

—¿No me reconoces? ¡Soy Jorge!

—¿Jorge? —repetí, todavía dubitativo.

—¡Sí, del orfanato! —exclamó, apartándose el flequillo y dejando al descubierto una cicatriz larga y retorcida.

—Jacky —susurré, recordando de golpe.

Lo observé de nuevo, atónito de encontrarme con aquel muchacho macarra al que, durante un tiempo, incluso llegué a considerar amigo.

Habían pasado más treinta años desde aquella noche maldita en que él y Cristian se abalanzaran sobre una joven francesa que terminaría apareciendo muerta, ahogada en los Siete Lagos de Rubí.

—¿Puedo sentarme contigo? —preguntó entonces, arrastrándome bruscamente de mis cavilaciones y obligándome a regresar al presente.

Hice un gesto con la mano, señalando la silla de enfrente, y Jacky se dejó caer en ella con un suspiro pesado.

Lo observé llevarse una mano al bolsillo interior de su chaqueta y extraer una cajetilla arrugada de tabaco.

Me ofreció un cigarro, que acepté casi por inercia, y sacó otro para sí mismo.

Con un movimiento casi ceremonial, apareció entre sus dedos aquel viejo zippo que ya poseía en los días del orfanato, la carcasa de metal completamente desgastada, con cicatrices que hablaban de otra época.

Encendió su pitillo, me tendió la llama y ambos aspiramos la primera bocanada.

El humo se alzó perezoso entre nosotros y pronto se instauró una nube grisácea que nos envolvió como