Lucidez Chapter 97
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Chapter 97

—Nada de eso, tranquilo. Estoy limpio. —Me removí inquieto sobre el sofá mientras él me atravesaba con esa mirada astuta que conservaba de sus años de comisario, la misma que desarmaba a cualquiera en un interrogatorio—.

El problema es otro: anoche tuve un encontronazo con un sujeto que asegura ser inspector de la policía local, y necesito que me digas lo que sepas de él.

—Hace siete años que colgué la placa, pero si ha llegado a inspector es probable que pueda ubicarlo. ¿Qué nombre dio?

—Cristian. Joven, apenas llega a los treinta años. Pelo corto, rubio, bien parecido… y con una arrogancia tan marcada que resulta insoportable.

—Sí… —asintió Carlos cerrando los ojos, como si de pronto el peso de la memoria lo agotara—. Sé perfectamente de quién hablas. ¿Y qué quería de ti?

—Dijo que buscaba acabar conmigo. No especificó si era una amenaza literal o un aviso velado, pero no me sonó a broma.

—Yo diría que ambas cosas —respondió Carlos, frunciendo el ceño y mirándome con gravedad—, y lo preocupante es que tiene recursos para intentarlo. Ese policía se llama Cristian Martín, hijo de Fernando Martín, quien fuera alcalde de Bárbara Roich.

De golpe lo recordé. La imagen irrumpió en mi cabeza con brutal claridad: aquel niño de cabellos dorados que había visto la noche del asesinato del alcalde, con los ojos desorbitados por el terror.

Sentado junto a Carlos, lo recordé con nitidez.

El pasado, agazapado durante más de dos décadas, regresaba ahora a cobrarse su deuda.

—Lo conozco —dije, sorprendido por la revelación—. Estuvo allí, aquella noche maldita. ¿Así que terminó en la policía?

—Si no me falla la memoria, estaba opositando justo el año en que me retiré.

No lo traté en persona, pero supe que obtuvo calificaciones brillantes.

—Carlos dio una profunda calada a la faria y expulsó el humo lentamente por la nariz, como si cada palabra requiriera un esfuerzo añadido—.

Al parecer, has conseguido despertar su interés.

—¿Lo crees capaz de cumplir con su amenaza?

—Eso no lo sé. Lo que importa es si lo crees tú. Al fin y al cabo, yo tampoco pensé que fueras capaz de hacer lo que hiciste. Y ya ves, la gente es impredecible, sobre todo cuando el dolor ha tenido tiempo de corroerla desde dentro.

—Sí —asentí con voz apagada—. Lo creo capaz. Porque no hay que olvidar que soy el hombre que asesinó a su padre.

—Entonces solo puedo decirte una cosa: cúbrete las espaldas. Los actos nos persiguen, Andrés, y tarde o temprano los errores acaban por alcanzarnos. Mantente alerta.

Aquella misma mañana regresé a mi despacho y marqué el número de mi clienta, la señora María Méndez, esposa del difunto Alberto Morales.

Apenas respondió, le transmití mis condolencias.

La pobre apenas fue capaz de articular un débil —gracias—, quebrada por el llanto.

Cuando, con voz temblorosa, preguntó cuánto me debía por el trabajo realizado, le contesté sin dudar que no me debía nada, que ya bastante tenía con sobrellevar el peso de la tragedia.

Qué puedo decir; quizá aún conservo un resquicio de