Chapter 96
—Es guapa, ¿eh? —comentó mi suegro con un brillo en los ojos.
—Es increíble lo mucho que se parece a su madre —contesté, sintiendo una punzada de orgullo y ternura—. Resulta asombroso que haya salido tan guapa teniéndome a mí como padre.
—Pues sí —rió Carlos, con una ironía afilada—, sobre todo con esa cara de bulldog que se te ha quedado con los años.
—Tampoco te pases —repliqué, fingiendo indignación mientras me quitaba la cazadora—. ¿Dónde está ahora?
—Ha ido a hacerle unos recados a Ángela.
—¿Anabel mantiene relación con Ángela?
—Por supuesto. Para ella es como una yaya de sangre. No olvides que Ángela se portó con nosotros de maravilla; llegó incluso a hacerse cargo de Anabel cuando más lo necesitábamos. Créeme, hijo, tienes mucha suerte de contar con alguien como ella.
—Lo sé —admití, con un nudo de culpa—. Hace semanas que no voy a visitarla.
—Pues deberías. Últimamente anda con achaques, se le nota la dificultad para moverse, y la soledad le pesa más de lo que aparenta. —Carlos dejó escapar un suspiro antes de añadir—: Ven, pasemos al comedor, allí estaremos más cómodos.
Nos dirigimos al salón y dejé la cazadora sobre el respaldo de una silla. Ambos tomamos asiento en el sofá, donde el aire estaba impregnado del aroma intenso de café. Frente a mí, sobre la mesa, descansaba una taza humeante.
—Lleva un chorrito de coñac —dijo Carlos mientras levantaba la suya—. Lo considero un digestivo infalible.
Solté una risa baja y acerqué la taza a los labios. El sabor era fuerte, casi abrasivo, propio de los licores añejos que tanto fascinaban a mi suegro, aunque hacía ya tiempo que no tenía edad para esos excesos.
—Tú dirás —comentó, encendiendo una faria que sostuvo entre los dedos como si fuera un ritual.
—¿No habías dejado de fumar?
—¿Esto? —preguntó él, levantando la pequeña pieza de tabaco—. No pasa de ser un souvenir. Lo enciendo solo para acompañar el café, nada más.
—La cabra tira al monte.
—Dice el hombre que devora dos cajetillas al día. Gruñí con resignación y acepté la derrota.
—En fin —continué tras un sorbo prolongado—, dejando de lado que estoy atrapado en el caso más extraño de toda mi carrera, ayer recibí la visita de un individuo que quizá conozcas.
—¿Acaso está relacionado con los cuerpos hallados en Can Tusell?
—Veo que las noticias vuelan.
—No todos los días la policía descubre ocho cadáveres encerrados en un piso — replicó con gravedad—. Y recuerda que yo también fui comisario.
—Digamos que fui yo quien dio con esos cadáveres —admití al fin, con una mueca amarga que intentaba disfrazar la incomodidad.
—No me digas que te encontraron con el arma en la mano —replicó Carlos arqueando una ceja.