Lucidez Chapter 95
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Chapter 95

El frío de la noche me golpeó mientras lo observaba alejarse, y una sensación inquietante se asentó en mi estómago: no era solo un inspector; había algo más detrás de él, algo que todavía no podía descifrar, y la oscuridad del callejón parecía haberse cerrado sobre mí como una trampa silenciosa.

Aquella noche apenas concilié el sueño: dormitaba a intervalos breves y, en cada pausa, me asaltaban visiones incomprensibles, figuras indescifrables que se desdibujaban en medio de una penumbra sofocante.

Entre ellas, aparecía también un ojo, ese ojo sin párpado que de tanto en tanto regresaba para acosarme en pesadillas, inmóvil y vigilante como un centinela eterno.

En circunstancias normales solía apartar los pensamientos perturbadores para que no invadieran mis horas de descanso, un recurso aprendido durante mi estancia en prisión, cuando la mente era el único refugio posible.

Sin embargo, aquella vez la disciplina no me bastó, ya fuera porque un inspector desconocido me había lanzado amenazas inquietantes o porque había sido testigo del acontecimiento más extraño y desconcertante de toda mi vida.

Sea como fuere, me resultó imposible permanecer en la cama durante mucho tiempo y, al despuntar la mañana, terminé levantándome con la sensación de haber sido aplastado bajo la furia desatada de una estampida de ñúes.

Con la rutina mecánica de los días difíciles, encendí una vieja cafetera eléctrica y me preparé un café amargo que apenas lograba mantenerme en pie.

Luego, con el impulso de quien busca respuestas inmediatas, descolgué el teléfono y marqué el número de Carlos, que contestó casi al instante, como si también él hubiera estado aguardando una llamada.

—Dígame.

—Buenos días Carlos. Soy Andrés.

—Buenos días Andrés. ¿Qué te cuentas a primera hora de la mañana?

—Necesito saber si estás solo. Quiero hablar contigo, y no puedo aplazarlo.

—Anabel no se encuentra en casa, si a eso te refieres, y no regresará hasta bien entrada la tarde.

—Perfecto, entonces nos vemos en tu casa en media hora.

Carlos abrió la puerta con gesto sereno y, extendiendo la mano en señal de cortesía, me invitó a pasar.

Crucé el umbral y, antes de avanzar, me quedé un instante detenido frente al estante repleto de fotografías.

Allí se desplegaba, como un álbum en miniatura, la historia de una vida: retratos de mi suegro acompañado por una muchacha que atravesaba con el tiempo la niñez, la adolescencia y finalmente la adultez.

En la última imagen reconocí a Anabel celebrando orgullosa un logro académico; sostenía un diploma que proclamaba « Diplomada en Licenciatura ».

Así que, después de todo, había decidido seguir los pasos de su madre.

Observé con detenimiento aquel retrato, intentando descifrar el parecido que guardaba con ella.

Era realmente hermosa: lucía unos rizos rojizos de un fulgor casi metálico, el rostro salpicado de pecas infinitas y una figura esbelta que transmitía vitalidad.

Parecía alta, segura de sí misma. A su lado posaba un Carlos envejecido, aunque con una sonrisa amplia que le devolvía parte de la juventud perdida.