Lucidez Chapter 93
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Chapter 93

preocupada porque llevaba tiempo sin ver al señor Jaime y temía que le hubiera sucedido algo. Al entrar en la vivienda, me topé con los restos de varios cadáveres y, acto seguido, un animal me atacó. Por suerte, logré evadirlo, y se escapó por una de las ventanas del comedor.

—Ha dicho usted que era un animal con una proporción y tamaño bastante peculiar

—declaró Manel—. ¿Qué tipo de animal diría que era?

—No lo sé. Estaba todo muy oscuro.

—¿Tenemos constancia de que se haya escapado algún animal del zoo de Barcelona?

—consultó Manel al sargento.

—No, en absoluto —negó Antoni, dibujando una sonrisa juguetona, casi burlona. Luego me miró fijamente y preguntó—: ¿Diría usted que se trataba de un lobo, un oso u otro animal similar? —Sonrió de forma despectiva—. ¿Un hombre lobo, quizás?

—¿Ha bajado el coeficiente intelectual en los cuerpos de seguridad durante los últimos años, o sencillamente entrena usted para ser idiota? —repuse, sintiendo cómo la rabia me subía por el cuello.

—Relájese, amigo —contestó Antoni—. Es usted quien afirma haber visto algo imposible.

—¿Preferiría que le dijera una mentira para que cuadrara con algo más veraz? — afirmé, dejando un silencio pesado entre nosotros.

—No, pero debe comprender que su relato… —comenzó Manel.

—¿Estoy detenido? —le corté, firme.

—No, solo está ofreciendo declaración.

—Pues entonces, si no les importa, me marcho. No pueden retenerme más tiempo si no estoy detenido. Conozco bien mis derechos, ya que también fui inspector —dije, levantándome lentamente de la silla.

El inspector añadió, antes de que pudiera salir:

—Manténgase localizable, si es tan amable. Tal vez requiramos su presencia si surgen novedades.

Asentí con la cabeza y avancé hacia la salida del cuartel, pasando junto al guardia de seguridad, que me observó con el ceño fruncido y los labios apretados.

Una vez en la calle, miré a ambos lados y maldije por lo bajo: había dejado el coche aparcado en Can Tusell, así que me tocaba tomar un autobús para regresar.

Busqué la parada más cercana, esperé media hora y finalmente me subí al transporte público, sintiendo cómo cada movimiento y cada sombra parecían acecharme después de lo vivido.

Casi una hora después me apeé del autobús y me encaminé hacia la calle de Roig i Ventura.

Miré el reloj de pulsera y vi que marcaba las dos de la mañana.

¡Qué tarde era! Antes de recuperar el Kadett, me acerqué al número siete y advertí que la policía local había acordonado por completo la zona con tiras y cintas reflectantes.

Di una vuelta completa a la manzana, evaluando cada rincón, hasta localizar el patio trasero con la intención de recoger el revólver.

Finalmente, encontré una valla sin accesos, que tuve que sortear con la ayuda de unos palets de madera abandonados en un rincón del callejón.

Una vez dentro, hallé la bolsa con el arma y el cinto; la escondí cuidadosamente debajo de la cazadora, sintiendo el frío metálico del revólver contra mi costado.